DISEQUILIBRIUMS El grupo. Capítulo 2

 

 

Photo by Vladimir Kramer on Unsplash

 

 

 

—¿Estáis todos bien?

La voz de Erik entre susurros fue el primer sonido que salió de nuestras bocas al caer al suelo. La entrada al portal fue lo más fácil. Como comentamos posteriormente “fue solo un saltito”. Porque el resto… no fue instantáneo.

Cuando entró Sofía gritando desesperadamente el nombre de David, sin él de la mano, ya estábamos suspendidos en el aire y como volando a una velocidad increíble. Noté que se cerró el portal porque la oscuridad era total. Y en ese momento empezó la pesadilla. Aunque un guionista de cine diría aventura, para mí fue terrible.

¡Qué dolor!

Como no se veía nada, empezamos todos a gritar, a chillar, a golpearnos sin querer las extremidades de unos contra los otros. La velocidad era incontrolable, el vértigo espantoso y lo peor es que no sabíamos cómo íbamos a terminar. Si estrellados o muertos. Nunca me imaginé nada peor que aquello. Los gritos y el agobio eran cada vez mayores. Era la primera vez que oía a Samuel chillar de esa manera. No solo gritaba, se oía su llanto como el de un niño pequeño que de histeria pide algo desesperadamente….yo también lloraba, las lágrimas no conseguían ni quedarse en la cara de la velocidad con la que salían despedidas hacia atrás.

De pronto, entre los chillidos, empecé a oír: ¡ERIK! ¡ERIK!

Por un segundo pensé en Sofía pero claramente era voz de chico.

¡Era su propia voz!

Me costó comprender hasta que oí a Sofía gritar también su nombre ¡SOFIA! ¡SOFIA! A los pocos segundos Samuel se incorporó a repetir lo que hacían los otros. ¡Que genialidad! De todos los momentos vividos estos meses, ese fue el primero que conseguí comprender la capacidad de Erik para afrontar las situaciones de peligro. No fue la única, luego ocurrieron más. Gritando cada uno su nombre podíamos saber los demás a qué distancia estábamos de los otros, incluso nos sirvió para concentrarnos en algo más que en el propio caos en el que estábamos metidos.

La oscuridad empezó a esfumarse y aunque seguíamos siendo atrapados por una energía que nos llevaba en el aire a donde nadie sabía, dejamos de gritar. Ayudó bastante que habíamos ido consiguiendo engancharnos por las manos y sabíamos que íbamos los cuatro juntos. Aquello lo estuvimos recordando durante muchos días. Creo que nos dio una conexión que fue lo que realmente semanas más tarde nos sirvió para superar los problemas…aunque no todos.

Drásticamente la velocidad disminuyó. No lo vimos venir y nos golpeamos unos a otros. Samuel me dio con el zapato en todo el ojo derecho, perdí la visión durante unos segundos. Sofía me hundió su codo izquierdo en la espalda. El dolor me recorría todo el cuerpo. Estaba a punto de volver a chillar cuando el portal despareció, la oscuridad se fue por detrás de nosotros y como si unas marionetas fuéramos, sentí como cada uno de mis brazos y piernas era suavemente colocado en el suelo. El corazón casi se me sale del cuerpo de la sensación de frenada tan fuerte. El problema estuvo en que la cabeza no llevaba el control como los brazos y no pude controlar que se me golpeara en una pequeña piedra.

Enseguida note la sangre al tocarme con la mano izquierda. No era mucho pero me hizo vomitar. Sin poder controlarlo, manché a Sofía en la espalda. Me quería morir. Qué asco. Fue repugnante. No era la única que estaba vomitando, Samuel estaba a cuatro patas haciendo lo mismo por el suelo. Miré a Erik y le brotaba un pequeño canal de sangre por la nariz. Fue un desastre, estábamos los cuatro en el suelo, llenos de dolor y magulladuras.

Lo que nunca llegamos a explicarnos fue en qué momento nuestras ropas cambiaron. A duras penas nos fuimos sentando poco a poco sobre la hierba mientras nos mirábamos y tocábamos las túnicas blancas que cubrían nuestros cuerpos y las pieles de animal (luego supimos que eran de cordero) que nos protegían del intenso frío del mes de diciembre en el Valle del río Ebro. Claramente eran de la época de la antigua Roma. Igual que en los libros de historia y las películas de romanos que había visto en alguna ocasión.

—Sí – contestó Samuel a la pregunta de Erik – parece que ya estamos todos reincorporados a la vida – mirando a su alrededor bajó el tono de voz – y ahora recomiendo que nos escondamos rápidamente detrás de esa pared de la derecha.

Señaló a unas piedras que en su momento debieron de ser parte de una casa. No eran piedras de esas que habíamos visto en las ruinas romanas, eran pequeñas y estaban unidas con algo parecido al adobe. No nos lo pensamos mucho y los cuatro, agazapados, recorrimos los treinta metros que nos separaban del punto que había indicado Samuel. Nos quedamos agachados y pegados a la pared todo lo que pudimos.

El escenario era increíble. Como nos había dicho Nicola, estábamos en el mismo lugar del que habíamos saltado… pero más de 2.000 años antes. Era como en los dibujos que habíamos visto en algunos libros de la historia de la ciudad, una gran explanada inmensa llena de hierba donde quedaban ruinas de los primeros pobladores. Saldui creo que habían dicho en clase.

Como acababa de amanecer y ninguna nube cubría el cielo, podíamos ver hacia el norte el río Ebro y a lo lejos, muy lejos, las montañas nevadas del Pirineo. Me pareció que había mucha más nieve que lo que recuerdo haber visto nunca. Desde la posición en la que estábamos veíamos hacia el noreste las montañas de la Sierra de Albarracín con nieve. Eso sí que fue espectacular, nunca las había visto antes nevadas. Hacía el sur podíamos distinguir perfectamente la Muela de María y la de La Muela. La diferencia es que hoy las veíamos cubiertas de árboles. Al seguir girando la cabeza podíamos ver el Moncayo hacia el noroeste, allí imponente como siempre y esta vez con nieve desde la cima hasta la base que alcanzábamos a distinguir. En la vida me hubiese imaginado que desde la esquina de la calle Mayor iba a poder ver la montaña más alta de la provincia de Zaragoza. No había edificios que lo taparan…

—¡CUIDADO! – el grito de Samuel y el empujón que me dio me dejaron totalmente descolocada.

—¡Gírate Elsa! – gritó Erik también.

Miré a uno y a otro lado de forma casi simultánea a la vez que me traté de incorporar del suelo. Los dos estaban muy nerviosos. Sofía a mi lado también me cogía con el brazo. No entendía nada, hasta que algo me pisó el pie derecho y chillé de dolor. Rápidamente la mano de Samuel me tapó la boca y me cogió con su otro brazo por el cuerpo para acercarme más a la pared en la que estábamos cobijados.

Hasta que no giré la cabeza no comprendí. Había estado de espaldas a lo que ellos estaban viendo detrás de mí. Un grupo de personas estaba corriendo. Al mirarlos de frente parecía que vinieran hacia nosotros. Eran todos jóvenes, como de nuestra edad, había chicos, chicas y todos vestidos con túnicas blancas cubiertos por abrigos de piel de animal. Realmente no corrían hacia nosotros, estaban persiguiendo algo. Gire la cabeza varias veces para entender. Samuel me soltó la boca, Erik me miró y se llevó el dedo a la boca en señal de silencio. Sofía estaba petrificada. Erik señaló mi pie y luego indicó con el dedo índice en dirección a un chico que acababa de traspasar nuestra posición corriendo desesperado hacia el oeste.

Me costó entenderlo hasta que frotándome el pisotón en el pie comprendí que me lo había dado el joven al que estaban persiguiendo. Tendría nuestra edad también, era, a diferencia de sus perseguidores, de piel negra. Corría desesperado con una agilidad increíble. Sus ropas no eran tan bonitas como las de los otros, eran más grises y sobre todo sucias. No podía creer lo que estaba viendo. Era injusto, eran muchos más, y lo iban a atrapar en cualquier momento.

Pero lo que me despertó de todo mi pasado anterior, de toda la vida que había tenido, de todas las experiencias que había podido vivir hasta ese momento con mis padres, mis amigos y una forma de vida … (de lujo podría pensar en ese momento), fue el sonido del cuchillo que alguien le lanzó por detrás. Fue como un silbido, casi imperceptible que terminó con otro sonido más fuerte: la caída fulminante del joven al suelo al haber acertado por entero el gemelo de su pierna derecha.

Lo que vino a continuación podría decir que fue el primer momento que descubrimos que nuestra vida había cambiado para siempre.

Al caer el chico al suelo, sus perseguidores llegaron enseguida. Uno de ellos, con auténtica frialdad, tomó el mango del cuchillo y tirando fuerte lo sacó de la pierna, ahora estática en el suelo. Lo limpió y se lo volvió a envainar en el cinto. El perseguido, gritaba de dolor llevándose la mano derecha a tocarse la herida de la pierna. Pero no pudo darse mucho alivio porque enseguida empezó a recibir patadas por doquier. Serían más de diez y todos le pegaban, en las piernas, en el costado, en la cabeza.

—¡Ladrón! ¡Ladrón! – le decían mientras le propinaban una brutal paliza.

Nos miramos los cuatro. Podíamos entender lo que decían. Se suponía que habíamos caído en una era que hablaban otro idioma diferente al nuestro, pero les estábamos entendiendo. “Eres basura”, le increpaban. “Pegadle más para que no lo vuelva a hacer”, decían un par de ellos que se quedaron en la parte exterior del grupo.

Nos miramos entre nosotros. Samuel se encogió los hombros y señalaba sus oídos mientras asentía dando a entender que comprendía todo. El “salto” había sido completo: ropas nuevas, idioma nuevo,… ¿qué más nos sorprendería?

Seguíamos agazapados tras la ruinosa pared fuera del alcance de la vista del grupo. Sofía tenía los ojos llenos de lágrimas. Erik la abrazaba mientras él mismo se esforzaba en no gritar. A Samuel por detrás de mí lo sentía respirar muy rápido. No quise mirarle a la cara. Ninguno hicimos nada. Ninguno nos levantamos de nuestra posición. Fuimos testigos pasivos de un crimen.

No fue hasta que una de las chicas que estaba dándole patadas gritó y se echó para atrás para que los demás la miraran cuando pararon. Tenía la parte baja de la tínica blanca manchada de sangre.

En ese momento dejaron de pegarle.

El cuerpo estaba tendido en el suelo. Ya no se movía. Ya no gimoteaba.

Como si fuera lo más normal, los atacantes dejaron de pegarle, se miraron entre ellos, sonrieron y se fueron corriendo en la misma dirección que habían venido.

Uno de ellos se volvió y le quitó de la mano derecha inerte en el suelo, algo redondo y de color rojizo. Traté de ajustar la vista para distinguirlo.

Era una manzana.

Mientras pasaban corriendo a nuestro lado, pudimos escuchar a varios decir lo mismo:

—¡Da igual! ¡No importa! Era solo un esclavo.


AutorGlen Lapson © 2016

EditorFundacion ECUUP

ProyectoDisequilibriums

Registrate en www.disequilibriums.com/registro y recibirás un aviso cada vez que se publique un nuevo capítulo y otros contenidos extras.

Apoya el proyecto: Compra el libro en versión papel.

Sin Comentarios

Deja un comentario