DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 19

CAPÍTULO 19
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 13:05

Sofía

Sigue luciendo el sol y el viento no ha bajado de intensidad. Durante el invierno, en el valle del Ebro, siempre es necesario el abrigo, aunque los rayos de sol hagan pensar que hace calor. Aún tengo en la mente la respuesta de mamá cuando hace cinco minutos la he llamado para decirle que hoy tampoco iré a comer. «Hija, ya son varios días seguidos que no vienes a comer». No he sabido qué decirle. Simplemente le he dicho lo del trabajo con los compañeros de clase y me he despedido. No sé si estoy siendo mala hija, pero esto está empezando a superarnos y quiero estar con mis amigos.

La entrada del instituto está junto a la de un colegio de educación Primaria y, dependiendo de qué hora sea, coincidimos con la salida de los pequeños mientras sus madres y padres les esperan para llevarles a casa. Erik está apoyado con la espalda en la pared y una pierna flexionada donde tiene apoyada su tablet.

Mientras esperan la salida de sus hijos, hay un pequeño grupo de madres y padres junto a nosotros que hablan entre ellos sin darse cuenta de que estamos justo a su lado.

—Estoy muy preocupada —le dice una madre a otra—, el domingo mi marido se desmayó a las cuatro de la tarde y no hubo manera de ponerlo en pie. Desde que se repuso, no se puede levantar. Y yo misma, estoy todo el día con una molestia en el oído que me tengo que parar un montón de veces porque noto que me voy a caer.

Uno de los padres, señalando el móvil que lleva en la mano, dice:

—Creo que alguien debería hacer algo. Todos los amigos que tengo en la ciudad han recibido el mismo mensaje en el móvil con eso de «Zaragozasedesploma».

La tercera mujer que había estado escuchando cruza los brazos sobre su cuerpo y les comenta:

—Mi padre dice que es un ataque terrorista químico que ha provocado algún tipo de enfermedad que nos afecta al tímpano.

Las otras no solo no se ríen, sino que gesticulan encogiendo los hombros. El padre que había hablado en segundo lugar, señalando en la pantalla del móvil, interviene de nuevo diciendo:

—Mi esposa y yo entramos en una página web llamada Zaragozasedesploma.com y llegamos hasta el enlace que dice que «Zaragoza se desploma y sabéis lo que hay que hace». No tenemos ni idea de lo que puede ser. Además, está lo del signo ese raro con el rectángulo cruzado, que nadie sabe lo que significa. No sé si todo esto es simplemente una broma… pero lo cierto es que nos estamos desequilibrando. Y eso es real.

La primera madre vuelve a comentar:

—No tengo ni idea de lo que es, pero alguien debería hacer algo…

Las madres y padres continúan hablando.

—¡Hola! —oigo a mi espalda.

Por fin llega Samuel.

—¡Hola!, ¿qué tal? —le respondemos Elsa y yo a la vez.

No se ha cambiado de ropa, viene con el mismo abrigo largo y los bolsillos repletos como siempre. Pero hoy se ha hecho algo diferente. Lo veo raro. Mientras se acerca a David lo miro de nuevo. Elsa me mira llevándose la mano a la cabeza y moviendo la cabeza para que mire a Samuel. Frunzo el ceño porque no entiendo qué me quiere decir. Lo vuelve a hacer de nuevo. ¡Se ha peinado! Es verdad, se ha peinado. Es la primera vez que lo veo así. Sonrío a Elsa y le hago una señal con el pulgar de mi mano derecha hacia arriba. Ella sonríe también.

Samuel se da cuenta de que todos lo estamos observando.

—Siento llegar tarde.

¡Madre mía! ¿Qué pasa hoy! Si hasta se ha disculpado. Aún no se lo había visto hacer. Hoy debe de ser un día especial para él.

—¿Es tu cumpleaños? —le pregunta Elsa.

Está claro que nos leemos el pensamiento.

La cara de Samuel deja ver muy claro que no lo es y que esa pregunta era una tontería para él.

—¿Qué tal si hacemos algo productivo? —dice él mismo mirando a su tablet.

Hago el gesto de irnos y nos alejamos para poder hablar sin que nos escuchen los adultos.

Giramos hacia la avenida Goya en dirección al centro y casi me tropiezo con Elsa al girar la esquina. Mientras me incorporo apoyándome un poco en su hombro levanto la visa al frente. Desde que han construido la nueva parada de trenes de cercanías debajo de la avenida, esta parte de la ciudad parece de estilo futurista. Ese tejado elevado de madera con formas redondeadas se parece al de los aeropuertos modernos que han construido en los últimos años. Me gusta porque, entre tanto edificio antiguo, aparece algo nuevo que seguro no deja indiferente a nadie.

Los rayos de sol no calientan, la temperatura es muy baja y no podemos pararnos más veces. Seguimos caminando sin hablar y aprovecho para mirar de reojo a mis amigos.

Erik está hoy especialmente atractivo. Lleva puesto un jersey negro ajustado de cuello alto, pantalón vaquero también ceñido y unas botas marrón claro. Es el único que no lleva abrigo por encima, así que imagino que llevará tres capas más de ropa por dentro. Mientras caminamos por el bulevar de la Gran Vía me da la mano y se la acepto. Esta vez soy yo quien toma la decisión de entrelazar los dedos y no cuesta mucho porque él se ha dejado llevar fácilmente. Le miro, me mira y le sonrió. Me gusta. Cuando el otro día por la tarde tomó el mando en la plaza de La Seo y se puso a organizarnos para posicionar los mapas y dibujos en la calle, me sentí muy orgullosa de él. No lleva ni un año en España y ya domina el idioma tanto que puede hacer que los demás le sigan.

Estamos los cinco caminando a lo ancho del paseo. Dejando libre el carril bici y sin pisar los jardines, casi ocupamos toda la vía. A pesar del frío que hace, muchas son las personas que caminan a lo largo de paseo. Todas con prisa, todas con bufandas y abrigos hasta el cuello. Nos esquivan, no les incomodamos, van a lo suyo. ¡Si supieran realmente lo que está pasando! ¿Debería ser de otra manera? ¿Deberíamos contárselo a todos a voz en grito? Cuando hay un gran problema, ¿tendríamos que ser todos conscientes de él? o ¿es mejor que los otros lo ignoren para que mantengan su estado de felicidad? No sé.

Da igual, hoy nosotros lo sabemos y no podemos estar impasibles.

Después de bastante rato sin decir nada, siento que me toca a mí romper el silencio.

—Tenemos que hacer algo. Creo que solo nosotros, y Nicola, sabemos lo que está pasando y lo que hay que hacer. Además, mañana ya es 23 de diciembre.

—Pero es que yo creo que ese hombre está loco —me interrumpe Erik, y consigue que le mire a la cara como diciendo «veamos porqué me llevas la contraria»—. Lo que nos contó el otro día, no me diréis si no es una solemne tontería. Yo esas cosas solo las veo en los dibujos animados en la tele.

Le suelto la mano.

—Quizá no sea tal tontería… — dice David, se queda callado y veo que observa mi mano.

A mi derecha me ha parecido ver una leve sonrisa en la cara de Samuel. David mira a Erik poniendo ese gesto usual que se pone cuando le llevas la contraria a alguien y, sin hablar, le dices «perdona que te haya llevado la contraria, pero tenía que decirlo». Luego se encoge de hombros, pero Erik mira hacia otro lado. Nos paramos todos en la esquina de la Gran Vía con la plaza Paraíso antes de cruzar el paso de peatones hacia el paseo Independencia. Sin decirnos nada nos hemos aproximado unos a otros formando una especie de círculo.

Está repleto de gente. Debe de estar todo el mundo de esta ciudad pasando por este cruce. Por las fechas que son, todos van caminando deprisa de un sitio a otro llevando bolsas de diferentes tiendas y grandes almacenes. Las luces de Navidad, como otros años, le dan un toque especial al centro y me gusta mucho. Los de los grandes almacenes del paseo Sagasta han vuelto otra vez más a sorprendernos a todos con un espectacular dibujo formado por miles de bombillas de colores. Ocupa toda la fachada de ocho plantas y dibujan un reno que, con la sincronización del encendido de las luces, simula que está corriendo.

Elsa gira la cabeza hacia todos los lados como evitando que alguien escuche lo que va a decir.

Nos mira uno a uno:

—Dijo que había que viajar en el tiempo para encontrar la respuesta. Comentó lo de saltar en un portal y la música. Es lo único que tenemos. Todas esas personas que se están cayendo no tienen esa información.

Me vuelvo hacia atrás desde donde veníamos andando y en el último banco de la derecha, enfrente del edificio de la Facultad de Empresariales, distingo a dos señoras que se han desequilibrado justo cuando pasábamos a su lado. Afortunadamente la tercera está bien y las está atendiendo.

Hay que reconocer que no es normal que cinco jóvenes de dieciséis años estemos discutiendo de portales y viajes en el tiempo. Me siento ridícula. Supongo que, si esto lo plantean mis hermanos pequeños en casa, mamá y yo nos reiríamos un buen rato. Ojalá hubiese sido así, y fueran ellos los que hubieran vivido esto. Estoy segura de que lo comprenderían mucho mejor que yo. ¿Cómo voy a creer en cosas de estas? ¿A mi edad? El problema es que, a la vez, los hechos son los que dijo el hombre en cuanto a lo del diseño de la ciudad. Y, además, está el tema de los romanos.

—Os tengo que confesar una cosa. —Interrumpe Elsa mis pensamientos—: Desde el primer día que en clase nos comentaron el tema de la ciudad sagrada, he estado investigando. —Consigue que todos la miremos callados—. Sabéis que me apasiona la historia, pero nunca os había dicho que me encanta la época de los griegos y los romanos… porque hay una unión que ha permanecido a lo largo de los tiempos: la geometría.

¡Esta chica es una caja de sorpresas!, acaba de conseguir toda mi atención. Y también ha conseguido que los chicos la escuchen porque la forma como lo está contando demuestra que domina el tema. El viento sigue soplando fuerte, hace frío y realmente no apetece mucho estar en la calle, y menos en este sitio tan expuesto, pero ninguno nos queremos mover. La luz del día permite ver todos los detalles del abrigo gris ajustado que lleva. Se la ve muy elegante.

—Según leí ayer en un libro de John Hirst, los verdaderos expertos en geometría fueron los griegos, además de los mejores filósofos de todos los tiempos. Cuando luego llegaron los romanos, al ser expertos en ingeniería, fue más útil para luchar y crear un imperio. Pero en todo lo demás, reconocían que los griegos eran superiores que ellos, y mantuvieron lo que habían aprendido de su cultura…

Un señor se detiene a nuestro lado. Elsa se da cuenta y se calla. Hasta que no se va, no continúa. No sé por qué se ha parado. Veo que se aleja. Me vuelvo para escuchar de nuevo a Elsa.

—… Un miembro de la élite romana podía hablar griego y latín, lengua de los romanos. Incluso enviaban a sus hijos a la universidad a Grecia o contrataban a un griego para que les enseñara en casa. Es decir, todo lo que estamos viendo de geometría en la ciudad, en el fondo viene de los griegos. Y es la mejor forma de ver lo inteligentes que eran. Aunque de geometría Sofía nos podrá decir más…

Me mira y asiento, mientras, con la mano le hago señas para que siga con su parte de la historia. No voy a confesar que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, cuando se supone que yo soy la experta en geometría.

—Veían la geometría como una guía de la naturaleza fundamental del universo. Una de las explicaciones a la propia naturaleza es que esta permanece por el equilibrio de los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire. Fue una las teorías que más se extendió entre los romanos.

Vuelve a acercarse el mismo señor de antes. Erik se ha dado cuenta y le hace un gesto a Elsa para que pare. Nos sobrepasa y se va al lado contrario del paseo. Parece que está esperando a alguien porque no hace más que mirar al reloj y caminar a un lado y a otro…

Elsa se gira para mirarlo y cuando comprueba que está lejos, continúa:

—… Así que, si los romanos querían hacer una ciudad sagrada, necesitaban que tuviera unas formas geométricas exactas, y sobre todo necesitaban alinear eso con los cuatro elementos de la naturaleza. Al principio, cuando lo contaron en clase, me pareció una tontería, pero luego estuve leyéndome en casa algunos libros y encontré algo que no me esperaba.

Se para y nos mira a todos. Noto cómo Erik me pone el brazo por encima del hombro, pero casi no lo siento porque estoy totalmente absorbida en la historia. Me parece increíble todo lo que está contando Elsa y sobre todo que lo haya averiguado después de la clase del otro día. Me ha tendido la mano con lo de la geometría para que lo comente, pero todavía no les puedo decir lo que sé. Porque desde que hemos empezado con esta especie de aventura, casi todas las pistas me han surgido mirando los papeles que dejó papá encima de su mesa y que mi madre no quiere retirar. Anoche empecé a unir temas geométricos con la historia que nos contó Nicola y me parece que encontré algo, pero aún no lo puedo decir, quiero confirmarlo de nuevo.

En ese momento, David la interrumpe:

—Me gustaría tener mucha más información para poder tomar una decisión, pero lo siento mucho, ahora me tengo que ir un rato a casa porque le prometí a mi madre que le echaría una mano con un tema. Si decidís, aceptaré lo que acuerde la mayoría, incluso si es seguir adelante con lo que dijo Nicola. Supongo que como a vosotros, todo esto os parece una locura, pero lo que está pasando en la ciudad es una locura aún mayor.

Se gira y señala las señoras que están desmayadas en el banco del paseo.

—Creo —continúa David— que somos los únicos que sabemos lo que pasa y tenemos la responsabilidad de tomar una decisión. La fecha es mañana y vamos muy justos de tiempo. Si os parece quedamos hoy a última hora y seguimos…

Casi no consigue acabar su frase cuando Erik nos sorprende a todos hablando en un tono de voz más alto. Si no fuera porque estoy saliendo con él, pensaría que está gritando.

—¡Todo esto es una tontería! Seamos serios, este hombre está loco y nosotros nos lo estamos creyendo.

Le retiro la mano del hombro y, sin mirarle a la cara, digo:

—¡Quizá no es tan tontería!

Me han enseñado a ser muy educada en todo momento, especialmente cuando hay conflicto en los grupos. En este caso estoy haciendo un esfuerzo mayor para no acabar diciendo algún improperio y gritarle. ¡Contente, Sofía! ¡Contente!

El resto me mira esperando que continúe. No estoy preparada para contar todo lo que he averiguado en los últimos días. No quiero que piensen que estoy loca y necesito más tiempo para confirmar la información. Así que voy a contar parte de lo que se:

—Desde que mi padre desapareció —comienzo mientras rebusco en mi mochila—, mi madre sigue comprando libros de historia de Zaragoza. No sé si será coincidencia o no, pero hace unos días, llegó a casa con este libro. —Saco de la mochila que llevo el libro y leo la portada—: Antiguas Puertas de Zaragoza, de Raquel Cuartero y Chusé Bolea.

Dejo que lo hojeen durante unos segundos y muestro los diferentes capítulos. El principal objetivo de los autores fue mostrar las diferentes puertas que tiene la ciudad y, a través de la historia, descubrir el papel que han jugado cada una de ellas. Recuerdo que cuando me lo mostró mi madre, lo empecé a leer inmediatamente y en una tarde me lo había terminado.

—¡Mirad!, en este capítulo hablan de la Puerta de Valencia, es decir la Puerta Este, que construyeron los romanos. En las excavaciones de principios de siglo pasado encontraron un sillar con una inscripción. Fijaos.

Al acercarse al libro pueden ver una foto de cómo era antes de ser destruida la puerta de Valencia y que claramente se veía la iglesia de la Magdalena detrás de la propia puerta. La foto sería de mediados del siglo xx y lo que yo les estoy señalando en este momento es la foto de debajo de esta. En ella se ve un trozo de sillar romano. Un bloque de piedra cuadrangular donde una de las caras tiene una división vertical en dos mitades. La mitad derecha no se distingue nada claro, más bien se vislumbra que hubo algo esculpido pero está destruido y solo se aprecia el propio relieve de las marcas que la hicieron desaparecer. Pero, en la parte izquierda, se ven cinco líneas de letras escritas. Hay algunas letras muy claras, pero en la tercera fila se nota que alguien ha hecho marcas para que no se puedan distinguir bien.

Si uno se detiene en la explicación que dan los autores del libro, estos mencionan una posible interpretación de las letras y su traducción al castellano:

Porta romana qui faciun(t) te la(res ce)dant

—Puerta romana, los que te hacen que regresen a su patria —leo en voz alta.

Miro las caras y todos, menos Erik, se sorprenden.

—Este sillar —comienzo diciendo— es el que yo estaba observando en el museo cuando vino la guía a entregarme el papel.

Samuel acaba de levantar la cabeza y no deja de mirarme. Elsa y David me observan como si se les hubiera aparecido un fantasma y, justo en ese momento, Erik nos sorprende con voz enfadada y esta vez con un marcado acento extranjero que no ha podido evitar:

—¡Ya está bien, basta de tonterías!

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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