DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 23

CAPÍTULO 23
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 16:00

Sofía

Es la primera vez desde lo de papá, hace un año, que no me sentía tan mal. Afortunadamente estoy rodeada de gente y paso desapercibida. Porque hoy necesito esa sensación, ser una más del montón, esconderme entre la multitud. La ciudad es suficientemente grande para que pueda salir y no tener que encontrarme gente conocida en cada esquina, por supuesto siempre que vaya por las calles donde asumo que mis conocidos no estarán.

Lo de mamá hace un rato, me ha dejado confundida, asustada y a la vez muy enfadada. Aunque supongo que ella se quedó peor, ya que, después de que cerró la puerta del despacho de papá y prohibió entrar, cogí el abrigo, la mochila, el móvil y me fui de casa sin decir nada. Sé que no está bien, pero me ha parecido fatal lo que ha hecho y tenía que protestar de alguna manera.

Ya me siento algo mejor y no sé si porque ya ha pasado un rato o porque estoy viendo ahí arriba la famosa veleta metálica que Nicola nos indicó.

Sigue allí, es especial. Observo a la gente y nadie se fija en ella. Sigue soplando el viento desde el noroeste y la veleta sigue fija apuntando en la dirección contraria. Poco a poco dirijo la vista hacia el cristal de la ventana donde vive Nicola, pero solo distingo la misma cortina blanca de siempre corrida, sin permitir ver nada en su interior. Estoy segura de que ninguna de las personas que tengo alrededor sabe lo que sabemos nosotros, que hay un equilibrio que se ha roto y por eso se desploma la gente en la calle, y que, según este hombre, al que casi no conocemos pero todos tenemos un auténtico respeto, hay que viajar al pasado para descubrir el equilibrio que se ha roto y tratar de volver a recuperarlo. Supongo que, si en este momento se lo contara a cualquiera de los que está pasando a mi lado, me tomarían por loca y no me harían caso.

Estoy entre el límite de la incredulidad, la irracionalidad y la necesidad de hacer algo urgente. Solo quedan unas horas para el momento que él mencionó cuando había que dar el «salto» y no tenemos la clave que nos dijo que necesitábamos encontrar y en lo que él no nos podía ayudar. Lo único que nos dijo fue que para el primer «salto», el portal de entrada solo se puede abrir una vez al año, al amanecer del día del solsticio de invierno, justo cuando le diera la luz al cruce de las calles Don Jaime y Mayor.

Y yo estoy en el lugar ahora mismo.

Sigue pareciendo de locura, según el viejo, en este mismo sitio se puede abrir algo totalmente irreal. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? La ciudad sigue desequilibrándose y las autoridades no saben qué hacer. Ha salido en las noticias y desde esta mañana la ciudad está llena de televisiones de otros países y un montón de periodistas hablando en diferentes idiomas. «La ciudad sagrada… la ciudad del equilibrio», es lo único que viene a la cabeza.

Por mucho que le doy vueltas, la decisión la tengo tomada, tenemos que seguir el consejo de Nicola. Así que me pongo a caminar por la calle Mayor hacia la iglesia de la Magdalena.

Me suena el móvil. Miro la pantalla y me quedo fría cuando veo que me llama Erik.

—Hola —contesto desganada y después de que ha sonado cinco veces.

—¡Tenemos que hablar! ¡Tenemos que hablar! —Me sorprende con un tono de voz agitado y hablando muy rápido. Esperaba primero una disculpa por lo del otro día—. Sofía, necesito contarte algo muy importante.

Dudo un momento porque llevo muchas emociones durante el día. No sé si todo esto está siendo un sueño o es de verdad. Me relajo, pero no paro en el camino hacia donde voy.

—He quedado con David, Samuel y Elsa en la iglesia de la Magdalena. Te puedes venir si quieres.

—No, no —Empieza otra vez agitado. Se calma un poco antes de continuar—: Todo esto que nos está ocurriendo puede llegar a tener una explicación y acabo de saber algo que te tengo que contar. Y solo te lo puedo contar a ti.

Ahora ya no sé qué pensar. El chico con el que estoy saliendo nos monta un numerito, se va cuando estábamos todos juntos, no me llama en las siguientes horas, y cuando lo hace trata de meterme urgencia con un misterio.

—Mira Erik —comienzo un poco enfadada—, no sé qué me quieres contar, pero considero que deberías venir. Samuel, David, Elsa y yo seguimos con todo esto, porque está empezando a tomar una dimensión mayor.

—Pero… —interviene Erik.

—O vienes —le interrumpo sin dejarle acabar— o me pides cita por Internet. —Y le corto la llamada.

¡Qué se habrá creído! Espero que no se piense que se puede comportar así de mal y luego simular que no ha pasado nada.

El claxon de un coche me hace caer en la cuenta de que he estado caminando mientras hablaba por teléfono y he estado a punto de cruzar la calle San Vicente de Paul con el semáforo en rojo y sin mirar. Casi se me cae el móvil al suelo, afortunadamente lo he atrapado, si no el coche lo habría hecho añicos. ¿Qué podría hacer yo sin móvil?

Tras cruzar la calle adecuadamente, sigo el camino y veo cómo se estrecha la vía, sobre todo en la parte última donde aparece a la izquierda la pared lateral de la iglesia. Es una zona muy interesante porque las veces que paso por aquí veo una gran mezcla de culturas, gentes de muchas razas y religiones pasando junto a uno de los sitios que, ahora lo sabemos, fue clave en el diseño de la ciudad.

¡Y aquí está! Ya estoy en la plaza de la Magdalena.

Es la primera vez que vengo desde que empezamos a ver el tema del rectángulo solsticial y Nicola nos contó la historia. Sigue teniendo el mismo misterio de siempre. No, quizá hoy más para mí. Pero antes de mirar a la plaza, giro la cara a mi derecha y vuelvo a observar con más cuidado que nunca la pared del edificio pintado con una representación de cómo era hace unos años la Puerta Este, cuando todavía existía. Me paro. Veo el arco de la puerta y cómo detrás se ve la entrada de la iglesia. Es curioso que siempre en las fotos y cuadros que he visto últimamente de esta iglesia, le está dando el sol a la entrada. Se ve gente de épocas anteriores paseando y…

—¡Oh! ¡Madre mía! —Es lo único que me sale. No me puedo mover—. ¡No me lo puedo creer!

Una señora que pasaba a mi lado se ha detenido. La siento a mi lado, también mirando hacia arriba. Me ha debido de oír.

De pie, frente al gran mural, veo que en la pintura y la pared derecha representada está la misma inscripción que se encontró en el sillar, que vi en el museo, y luego en la foto en la cartera de mi padre.

La señora sigue su camino no sin antes mirarme y mover la cabeza de derecha a izquierda. Soy incapaz de saber qué habrá visto en mi cara.

Cuando me giro veo en uno de los bancos que hay en la plaza a David y a Elsa. Noto algo raro, David está pálido. Tiene cara de tristeza. Parece que Elsa está como consolándolo.

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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