DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 24

CAPÍTULO 24
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 16:30

David

—¿Te estás fijando en lo mismo que yo? —Me sobresalta Elsa a mi lado.

Los dos hemos llegado cinco minutos antes que Sofía y, aunque la vemos de pie mirando la pintura del edificio de enfrente, Elsa sigue tratando de darme conversación para animarme.

—La iglesia de la Magdalena —empieza a relatar—. Uno de los edificios que más me impresionan en esta ciudad. Según tuvimos que estudiar para el último examen de Historia el curso pasado, es de estilo mudéjar del siglo xiv, aunque ya aparece anteriormente mencionada como iglesia románica en 1126. Posteriormente se ha reformado su interior en los siglos xvii y xviii en estilo barroco. Ha mantenido original la estructura y la torre cuadrada, realizada en ladrillo. De las que conozco, creo que es una de las torres de iglesia más bonitas, especialmente de noche cuando encienden la iluminación.

Le agradezco que me distraiga. Todo lo que ha pasado me tiene muy nervioso.

—La verdad —le contesto para no ser descortés— es que, por lo que vimos en clase el año pasado y analizándolo desde la perspectiva de estos días, el propio arte mudéjar tiene algo de…

—¡De equilibrio! —me interrumpe Elsa como si fuera una niña que me hubiese leído el pensamiento y disfrute presumiendo de ello.

—Pues sí, es lo que pensaba. —La miro a la cara, sonrío porque ha conseguido animarme y sigo—: De hecho, es la consecuencia de las condiciones de convivencia existente en la España medieval y se trata de un fenómeno de mezcla de las corrientes artísticas cristianas y musulmanas de la época.

Me paro. Sus ojos grandes no dejan de mirarme. Al sonreír, sus dientes blancos contrastan con el color oscuro de su piel y le da un aspecto aún más bonito a su cara.

—Te lo sabias bien, ¡eh! —continúo ya sonriendo, más normal—. Ya me di cuenta el año pasado de que te gustaba esa parte de la historia.

Se encoje de hombros. Noto que se sonroja. Dejo de mirarla.

Ya está aquí Sofía. Por fin se acerca al banco donde estamos esperándola. Los dos nos hemos sentado en el respaldo del banco con los pies apoyados en el asiento.

Está seria.

—¿Qué te pasa, David? —Es lo primero que dice.

—Luego te lo cuento —le contesto, porque la veo muy nerviosa, casi como enfadada—. ¿Qué te ha pasado a ti? Pareces muy afectada por algo.

Nos mira a los dos a los ojos, luego baja la vista y, tras un rato de silencio, comienza a hablar.

Mientras lo hace, la noto triste, aunque está preciosa.

Nos cuenta lo que le ha pasado hace un rato en casa con su madre. Mientras lo está relatando, su cuerpo parece liviano, como si se cayera, sus hombros y brazos parece que le pesaran más que otros días, su cabeza solo mira al suelo. Está enfadada y a la vez triste. Su tono es pausado hasta que nos cuenta cómo se puso su madre y la prohibición de entrar en el cuarto de su padre nunca más. Sigue mirando al suelo. No veo su expresión. No veo su cara. Solo un par de lágrimas que mojan el suelo.

—No eres la única que tiene problemas —le digo.

Le cuento lo que me ha pasado con mi madre. Me mira. Solo me mira, como memorizando cada detalle del relato.

Se aproxima un poco más hacia mí y echa su cabeza en mi hombro. No me puedo creer lo que está ocurriendo. Yo me muero. Si supiera lo que está provocando en mí. Siento su perfume, su calor… su cuerpo. Por favor, que no se acabe este momento. Cómo me gusta.

Sofía levanta la cara, y mientras se limpia las lágrimas con la manga izquierda, recupera su firmeza de siempre.

—… Después de lo ocurrido en mi casa —me pongo de pie para continuar hablando—, tengo la intención de hacer algo, el tema ya ha traspasado a mi familia y no puedo quedarme con los brazos cruzados.

No les he tenido que decir mucho porque en el fondo está la posibilidad de que mañana le ocurra lo mismo a la madre de Sofía o a los padres de Elsa. Pero ya no puedo esperar más. Tenemos que hacer algo.

—Yo estoy dispuesto a hacer lo que dice Nicola —les digo mirándolas a las dos a la cara.

—Pero, David —me interrumpe Elsa—, sabemos que todo esto puede ser una tontería de viejo loco… —Se queda callada un momento y baja la mirada al suelo—… el problema es que después de lo que ha pasado, no nos quedan muchas más opciones.

Se ha hecho algo de silencio y todos miramos a la pared de la iglesia donde vemos debajo un grupo de niños jugar con una pelota mientras sus abuelas están sentadas en el banco que está junto al nuestro.

—Por cierto, ¿dónde está Samuel? —pregunto.

—Ha mandado un mensaje por el móvil diciendo que se retrasaba —contesta Elsa.

Nos miramos los tres a la cara y, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, nos encojemos de hombros a la vez.

Las abuelas que están a nuestro lado comentan lo grande que se están haciendo sus nietos. En ese momento una de ellas acaba de caer desmayada. Parece dormida. Nos levantamos asustados para socorrerla. Las otras no le prestan atención y continúan como si no hubiera ocurrido nada. Pero en este caso ha sido una falsa alarma, parece que es habitual que esa señora se quede literalmente dormida por las tardes durante unos minutos, nos aclaran sus amigas al interesarnos.

 

Volvemos al banco donde estábamos sentados.

—Por cierto, Sofía, nos has mandado un mensaje para que viniéramos aquí.

Nos mira un momento y, sacando un cuaderno pequeño de papel de su mochila, comienza a escribir en silencio. Cuando termina, nos muestra una sucesión de números:

—Esto estaba escrito en una hoja en la cartera de mi padre.

Tras una pausa, sigue hablando.

—No me dice nada y el principal tema es ¿por qué justo hoy descubro en la cartera de mi padre estos números y una foto de la estatuilla que vimos en casa de Nicola?

Uno de los niños viene corriendo hacia nosotros a recoger la pelota que se les ha escapado y Elsa ha cogido al vuelo.

—Esos son los números de Fibonacci —dice Elsa, mientras le devuelve el balón al niño.

Consigue que Sofía y yo nos quedemos con los ojos abiertos como platos.

No contesta inmediatamente. Quiere mantener un poco el suspense. Nos mira a los dos y sonríe pícaramente cuando nota que diga lo que diga la vamos a escuchar.

—Es un tema muy antiguo y se utiliza para muchas cosas. La serie empieza por el 0 y el 1, luego cada número es la suma de los dos anteriores.

Se calla y permite que le perforemos con la mirada para que siga contando. Sonríe de nuevo y continúa.

—La serie tiene muchas características especiales. A medida que se va avanzado en la lista, se encuentra que la relación que hay entre los números consecutivos es aproximadamente siempre la misma: 1,6180 y más números detrás. A esa relación los griegos la llamaron el numero PHI y luego se le ha llamado el numero áureo o la sección dorada.

Sopla una racha de viento fuerte y frío. Los niños han dejado de jugar. Las abuelas están todas calladas. El silencio en este momento es inusual. No pasan ni coches.

—Esa relación, es el pilar fundamental de la geometría sagrada —termina Elsa.

Acaba de conseguir una vez más toda mi atención. Esta chica es especial.

—¡Joder! Elsa, eres una enciclopedia andante —digo lo primero que me sale.

Al menos he conseguido que Sofía se ría un poco.

Otra vez en menos de una semana la palabra geometría vuelve a aparecer en todo esto. Reconozco en la cara de Sofía más sorpresa que en la mía. Esto se supone que es su tema, la geometría, y por su expresión, me parece que no lo sabía:

—Y tú, ¿de dónde sacas eso? — le pregunta Sofía con un tono que soy incapaz de identificar, pero no es de alegría.

—Es parte de la historia —comienza Elsa a responder— y eso, es lo mío. El numero PHI viene de los tiempos de los griegos. Encontraron que, si dibujas una recta que mide PHI en dos partes desiguales y una de ellas mide uno, la otra es 1/PHI. Y también se dan otras relaciones. —Guarda silencio y nos mira de nuevo a los ojos—. ¿No os dais cuenta? —Lo dice con tal pasión que no puedes dudar de nada de lo cuenta—. Es el único número que relaciona la pequeño a lo grande y lo grande al todo. Fue un auténtico descubrimiento.

Elsa dibuja en un papel las líneas y las relaciones.

—Lo siento, Elsa —dice Sofía—, pero no veo la relación entre esto y la geometría.

—Al número PHI —le contesta Elsa— se le llamó el número áureo, y es la base de la geometría sagrada porque está en la propia naturaleza, y además se ha utilizado para las construcciones y arquitectura a lo largo de los tiempos. —Vuelve a dibujar.

Estamos los tres de pie mirando el papel que ha dibujado Elsa, mientras se apoya en el respaldo del banco. La plaza acaba de recobrar su ruido habitual. Las abuelas han despertado a su amiga y con esfuerzos visibles, se ponen de pie llamando a los niños con los brazos.

—Todo es por el uso de la relación entre números 8:5 o 13:8. Es decir, construyeron figuras geométricas con estas relaciones. Por ejemplo, hoy en día muy pocos saben que el tamaño de muchos objetos que usamos tiene la relación del número áureo: las cajetillas de tabaco o las tarjetas de crédito. Pero lo más importante es que hay muchas estructuras en la propia naturaleza que siguen el número áureo, e incluso el ADN humano.

—¿Y por qué mi padre tenía esto en la cartera? —pregunta Sofía.

—Ni idea —responde Elsa.

Nos quedamos los tres callados mirando fijamente el papel dibujado.

Tras la respuesta de Elsa, no he sabido qué decir y llevamos un buen rato callados. No puedo soportar este silencio. Hay que hacer algo, y pronto. Parece que nos hemos bloqueado, pero de pronto miro a la iglesia de nuevo y me fijo en las formas geométricas de las ventanas altas. Rompo el silencio:

—¿No se supone que el emperador Augusto quiso hacer una ciudad sagrada? En ese caso, parece fácil pensar que utilizaría la geometría sagrada.

Viendo las caras de ambas, me acabo de quedar muy orgulloso. Por fin un comentario mío consigue mostrar algo que ni a la experta en geometría ni a la experta en historia se les había ocurrido.

—Tiene toda la lógica —dice Sofía.

—Elsa —comento mirándola a la cara—, el lunes comenzaste a contar la vida del emperador Augusto, pero no acabaste, ¿por qué no lo terminas ahora?

—¡Ah, sí! Lo más interesante que os contaba es que…

Pero se interrumpe porque Sofía se pone en pie, mira a la iglesia, se gira completamente y se queda observando los edificios que hay enfrente de la plaza. Se queda pensando y mirando. Siempre dando la espalda a la iglesia, se acerca hasta la calle Coso. Avanza hacia izquierda y derecha en la calle. Observa el edificio de enfrente.

Reconozco que no paro de mirarla. Hoy se ha puesto un abrigo largo de color morado algo ceñido y una bufanda de lana gruesa de color crema que me encanta. Pero lo que realmente me hipnotiza es el pelo largo y rizado que tiene y el viento le hace levantar. Ella, una y otra vez, se lo aparta de la cara despejándolo del cuello. El color cobrizo del pelo le brilla con el sol y la imagen que tiene allí de pie, mirando el edificio, me distrae del resto del mundo. Normalmente suele llevar una pequeña mochila de cuero marrón a la espalda. Hoy la lleva solo colgando de un brazo, porque está continuamente sacando los libros y apuntes que ha ido acumulando en los últimos días. De pronto, siento un golpe en el brazo.

—¿Por qué nunca se lo has dicho? —oigo la voz de Elsa hablando casi en silencio hacia mí.

Totalmente contrariado y como si me hubiese pillado haciendo una travesura de niño, giro la cabeza hacia ella y pregunto:

—¿A qué te refieres?

—Ya lo sabes… —me responde Elsa con una sonrisa cómplice—. Te has quedado como un clavo mirándola. No es la primera vez que lo haces. Ya lo he notado en clase.

¡Menuda vergüenza! Yo siempre había pensado que nadie se daba cuenta porque lo disimulaba bien. ¿Y si los demás también se han dado cuenta? ¿Y si Sofía se ha dado cuenta? Creo que me he puesto colorado porque Elsa me sigue mirando y se ríe.

—No sé por qué lo dices —le respondo mirando hacia Sofía—, ella todavía está saliendo con Erik.

Se produce un pequeño silencio.

—¿Todavía?… —suelta Elsa y me deja sin saber qué decir.

La verdad es que con la situación que vimos el otro día y el numerito que montó Erik, no parece que la relación continúe. Fue bastante desagradable. Veo difícil que se reconcilien pronto. De hecho, él no está aquí.

—¡Eh, venid! —nos grita Sofía desde donde está.

Tanto Elsa como yo nos incorporamos y, mientras esquivamos al grupo de abuelas con sus nietos en la dirección donde vamos, llegamos a la posición de Sofía. Nos señala el edificio al otro lado de la calle Coso y dice:

—Cuando vimos el rectángulo solsticial y Nicola nos contó toda la historia, una de las cosas que quería confirmar es si el equilibrio que decía él se podía haber roto porque ya no se cumpla alguna de las razones por las que los romanos construyeron la ciudad.

Se calla por el ruido de la ambulancia que está pasando por la calle. Espera a que se vaya y continúa:

—Por eso os he citado aquí, y así lo comprobábamos. Se supone que, según el rectángulo solsticial, el día del solsticio de invierno, por cierto, mañana, al amanecer, el sol iluminará la Puerta Este, es decir, la entrada de la iglesia de la Magdalena. Por lo tanto, ¿qué puede tapar al sol?

Se nos queda mirando como si fuera una adivinanza y tuviéramos que saber la respuesta inmediatamente.

Me encojo de hombros y veo que Elsa hace algo parecido.

—Según veo —continúa Sofía—, los edificios de enfrente.

Nos mira. Creo que espera que nos sorprendamos, pero a mí no me dice nada todo esto.

—Pero claro —sigue Sofía—, habrá estado mucho tiempo allí, y el desequilibrio que está ocurriendo en la actualidad debería estar relacionado con algo reciente.

Aunque me parece un razonamiento muy lógico y demuestra que esta chica está totalmente sumida en la historia, no veo nada raro ni especial.

Miro el edificio que señala y está claro que es más nuevo que otros que hay alrededor. Llega desde un extremo de la manzana al otro, hay dos tiendas debajo y el portal de entrada queda más o menos en medio de la estructura. Tiene cubierta exterior de color crema que le da un aspecto de seriedad. Al principio he pensado que tenía tres niveles de pisos porque tiene tres líneas de ventanas, pero veo que son muy alargadas para que solo correspondan a un piso. Trato de descubrir algo más que me sorprenda. Pero no hay nada que me llame la atención. Miro a Sofía y me encojo de hombros. Elsa tampoco dice nada, esperando que Sofía continúe.

—Me ha sorprendido el edificio porque parecía que tenía tres plantas, pero si nos fijamos bien tiene cinco. Si miramos las construcciones de atrás, las más antiguas, todas tienen cuatro plantas. He mirado por los dos lados del edificio hacia lo lejos, porque son calles muy alineadas y les da bien el sol.

Se queda callada un segundo y sentencia:

—Los edificios de detrás, absolutamente todos, tienen solo cuatro plantas.

Tiene razón, no lo había visto. Hay que ser muy observador para darse cuenta del detalle, aunque no sé qué relación puede tener.

—Tienes razón —le digo—, pero no sé cómo influye en lo que estamos haciendo.

—Por el tiempo del amanecer y la hora en que llegará la luz al cruce —contesta rápidamente Elsa.

—Exacto —acaba Sofía.

Me parece que voy por detrás de ellas. Ni se me había ocurrido. Miro de nuevo al edificio, a la iglesia y puede ser, de hecho, puede afectar a lo que nos contó Nicola, porque parte del diseño del equilibrio que Augusto supuestamente diseñó se basaba en la luz y el aire entrando por el Decumanus y se supone que el efecto en el cruce del Cardus, que llamaba el Centro, origina ese quinto elemento que llamaban el Éter. Si ahora se retrasa la entrada del sol en el Centro… podría estar relacionado.

Aunque sigo sin verlo.

De todas maneras, hay algo que no me está cuadrando muy bien y, dejando atrás la calle Coso, me vuelvo y camino dirección a la iglesia. Me paro inmediatamente en la pared del edificio de la izquierda donde todavía se conserva una piedra original de la muralla romana. Veo que las chicas me miran. Ahora soy yo el que se toma su tiempo y me muevo para comprobar algo.

A ver si Sofía acaba mirándome cómo yo la miré.

Me apoyo con la espalda pegada a la piedra romana y giro la cabeza hacia la izquierda, a lo lejos, por la calle que sería el Decumanus para los romanos, y luego en dirección opuesta hacia el edificio que ha señalado Sofía. De hecho, al verme hacer eso, vienen las dos hacia mí. Se me queda mirando Sofía.

—¿Y?

Ya me encuentro un poco mejor, acabo de hacer algo nuevo que a ella no se le había ocurrido e incluso está interesada en que se lo cuente. Se debería parar el mundo unos minutos para que yo disfrute de este momento, viendo cómo la chica que me gusta está de pie muy cerca de mí, mirándome y esperando que le descubra algo.

Tras unas décimas de segundo veo claramente que el mundo no se va a parar… ¡Qué lástima, lo que hubiera disfrutado!… Y contesto pronto para no crear un momento incómodo.

—Desde aquí —comienzo—, debería entrar el sol al Decumanus. Yo creo que no es la entrada de la iglesia lo que marca la dirección por donde tiene que entrar el sol, sino la antigua puerta y, por lo tanto, la propia calle. Lo cierto es que esta última piedra que queda de las originales debió de ser justo donde empezaba la puerta para que entrara el sol.

Noto en la cara de Sofía que no había reparado en ello, porque mira a un lado y a otro seria, hasta que al final hace ademán de estar conforme. Así que continúo:

—Como veis, hacia la izquierda, el edificio ya tapa la luz aunque solo tenga cuatro o cinco plantas.

Me aparto y ellas lo comprueban. Veo que Sofía no se queda muy conforme, así que se mueve alrededor y mira a un lado y a otro. Tras un rato, cruza la calle Coso hacia el edificio y se queda un rato mirando hacia los lados observando todo a su alrededor.

De pronto se queda parada en dirección a la iglesia, realmente hacia donde estamos nosotros. Está mirando a la iglesia, exactamente tiene los ojos clavados en la parte alta de la construcción. Mete su mano en la mochila y, tanto Elsa como yo, nos quedamos sorprendidos de que saque unos pequeños prismáticos. Al cabo de un rato, baja la vista y nos mira. Noto una leve sonrisa en su boca. Cruza la calle junto con un grupo de abuelitos por el semáforo.

Cuando llega a nosotros, y mirándome, dice:

—Creo que tienes razón en lo que dices y parece que la clave está en que entre la luz a la calle y por eso no parece que el hecho de que el edificio sea más alto tenga efecto….

Se queda callada tratando de conseguir algo de misterio y continúa:

—… pero lo que no sé si podemos explicar es por qué en el tejado de esta iglesia alguien ha construido un pequeño arco, con la forma de la antigua puerta que está dibujada en esa pintura que vimos antes. —Y señala a la pared de la izquierda al otro lado de la calle de la iglesia.

Justo en ese momento los tres nos sobresaltamos. Al otro lado de la calle, como si de una aparición se tratara, está Samuel de pie con su abrigo largo de siempre y las zapatillas blancas más relucientes del mundo. Con las manos en los bolsillos nos mira sin ninguna expresión en la cara.

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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