DISEQUILIBRIUMS. Los individuos. Capítulo 27

Jueves, 22 de diciembre de 2016

Hora: 18:30

Sofía

 

He estado al menos quince minutos al otro lado de la puerta de mi casa. Me resultaba difícil abrirla. Ni siquiera introducir la llave en la cerradura porque ese simple detalle activaría todos los resortes en el finísimo oído de mamá. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que estaba loca. Me habrían observado apoyada detrás de la entrada que cruzo todos los días sin ninguna duda, con las llaves en la mano y simplemente mirando la cerradura.

El problema que tenía es que después de abrir la puerta y entrar no hubiese sabido qué decir. Podía haberme ido a mi cuarto sin decir nada a nadie. Podía haberme presentado en la habitación donde mamá estuviera y decirle todo lo que pensaba de ella. Decirle todas las palabras que ella llama malsonantes. Una tras otra. Hasta que entendiera cómo de mal me hizo sentir antes. Podía olvidar la última prohibición que me hizo e ir directamente al despacho de mi padre, abrir la puerta y rebuscar todo lo que me hubiese dado la gana.

Podía exigirle respuestas a todo lo que Erik había empezado a contarme.

Al final fui incapaz de abrir la puerta y me fui a casa de Erik. ¿Quién hubiera dicho hace unas semanas que yo iba a hacer lo que acabo de hacer? Mamá no se enterará, pero si alguna vez lo supiera, seré incapaz de explicárselo.

Ya ha pasado.

Ahora me tengo que esforzar en subir estos escalones. Me siento cansada. Ya solo me quedan dos pisos para llegar a tocar dentro de un momento un botón de timbre que siempre parece como si fuese nuevo. Siempre limpio, ordenado, como el interior de la casa.

No me lo puedo quitar de la cabeza. No hago más que pensar en lo que me contó Erik antes en la calle. Todo fue absolutamente increíble. Supongo que para él fue difícil contármelo, aunque por encima de eso, me imagino que lo más difícil fue primero creérselo.

Después del espectáculo que montó yéndose de malas maneras en mitad de la calle, acabó directamente en su casa. Según me dijo, se tumbó en el sofá sin encender la televisión y solo mirando al techo durante un buen rato, hasta que su madre se acercó y se puso a hablar con él. Era la primera vez que lo veía así de preocupado y triste, por eso a Erik no le importó contentarla y contestar sus preguntas. Parece que no había comentado en casa nada de que estaba saliendo con una chica y que se había enfadado con ella (creo que ese comentario no me gustó porque yo lo vi de otra manera, pero le dejé seguir sin interrumpirle).

No sabía en qué momento, ni con qué motivo, él pronunció mi nombre y apellido completo:

—Sofía Canizzaro.

Parece que la cara de su madre cambió completamente y, acto seguido, le preguntó:

—¿Sabes el nombre de su padre?

Según me dijo Erik, se acordaba perfectamente porque sabía que el apellido era italiano, ya que mi padre era hijo de emigrantes y, aunque el nombre de pila se lo había dicho yo solo una vez, como le pareció tan especial, se acordaba desde el primer día. Sabía que no era un nombre común en Zaragoza, pero sí en otros sitios.

—Augusto.

La madre hizo gestos de auténtico nerviosismo, se quedó blanca, se llevó las manos a la boca. Erik nunca la había visto tan nerviosa. La costumbre que tenía de tocarse el pelo cuando estaba seria, debió pasar a ser una acción inconsciente de apretarlo como si tratara de exprimirlo. Rápidamente fue a llamar a su marido y los dos se sentaron alrededor de Erik. Según me dijo, se le pasó todo el enfado por lo anterior al ver a sus padres actuar de esa manera.

Una vez estuve en su casa. Tienen todos los muebles de esas tiendas suecas y de colores muy claritos, casi blancos, pero sin serlo. Me lo imagino a él medio tumbado en el sofá con la vista perdida en la estantería de enfrente llena, más bien repleta, de libros, sin ninguna mesita entre el sofá y la estantería. Sus padres sentados en ambas sillas delante de él tratando de conseguir que la mirada de su hijo acabara directa en sus ojos.

Y ahora, en cambio, estoy entrando en casa de David con Erik para contarlo todo a David, Samuel y a Elsa que seguro están conectados por videoconferencia.

 

AutorGlen Lapson © 2016

EditorFundacion ECUUP

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