DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 10

CAPÍTULO 10
Jueves, 15 de diciembre de 2016
Hora: 17:00

 

David

Desde que hicieron peatonal la calle Alfonso hace pocos años, la gente de esta ciudad se ha sentido más dispuesta a caminar por el centro histórico. Se paran con tranquilidad en el comercio antiguo. Siguen caminando en dirección al río y acaban encontrándose con la basílica. Siempre que miro hacia el fondo de la calle desde la posición en que me encuentro, me apetece llegar al final. Me gustaría comprar esos dulces típicos de Zaragoza para terminar persiguiendo a las palomas por la plaza del Pilar. Seguro que allí encontraría muchas compitiendo por comer las semillas que los niños les tiran al suelo. Cuando los miras, ves que todos tienen la intención de conseguir atrapar una en la mano y hacerse una foto.

Recuerdo que, cuando era pequeño, es lo que hacía con mi padre y mi hermano pequeño. Hoy ya no me planteo eso, mi padre no está y con dieciséis años no me veo corriendo detrás de esos pájaros. ¡Qué pensaría la gente si me vieran!

La espera al principio de la calle se me está haciendo larga, pero soy consciente de que he llegado diez minutos antes de la hora. Además, lo del desmayo del entrenador me ha dejado nervioso. Ya es la segunda persona cercana que haya visto en los últimos días a la que le pasa lo mismo.

A mi espalda tengo la calle Coso donde han suprimido el tráfico para construir las dos vías del tranvía sin poder dejar espacio para que vehículos y peatones circulen a la vez sin peligro. Mejor. Lo prefiero así a como estaba antes.

Estoy rodeado de edificios que me hacen imaginarme en el final siglo XIX. Según nos contaron en clase, fue después de la Guerra de la Independencia cuando la ciudad invirtió en reconstruir el casco histórico y la calle Alfonso fue una de las que más se transformó. Los ricos de aquel tiempo tuvieron que seguir unas normas de construcción que a día de hoy se han conservado en su mayoría, pudiendo ahora mismo disfrutar de esas simetrías, mismas alturas, miradores de hierro y cristal en los chaflanes de los edificios. Es como un viaje en silencio al pasado simplemente con la mirada.

No paro de sorprenderme con el paisaje desde aquí, ya no tanto por el entorno arquitectónico, sino por la gente. Es increíble la mezcla. Aunque es invierno, sopla el fuerte cierzo y hace frío, la calle está llena. Confluyen en la misma vía personas de diferentes edades, grupos, individuos solos, parejas, familias, diferentes culturas y razas, algunos se paran en las tiendas, otros simplemente caminan por el medio, pero todos llevan la misma dirección: hacia el Coso o hacia El Pilar, muy pocos se sumergen por las pequeñas callejuelas que aparecen a sus lados.

Lo que más me sorprende es ese equilibrio que se percibe en esta ciudad, tanta diversidad… en armonía. Este es uno de los sitios donde creo que más se nota. Por eso, he venido antes, para observarlo.

—¿Llevas mucho rato esperando?

Doy un salto porque estaba tan distraído en mis pensamientos que no les oí llegar por detrás.

—¡Uy! Perdona. —Veo la cara de Elsa disculpándose. Mi expresión ha debido de ser transparente para mis sentimientos—. Me parece que te hemos asustado.

Miro a su lado. Sofía y Erik juntos de la mano. Noto como ella le suelta al ver que dirijo allí mi mirada. Han llegado los tres a la vez.

—No, tranquila —contesto girando rápidamente la cabeza hacia la basílica—. Estaba mirando el paisaje que hay desde este punto.

Siento que Sofía se adelanta, se pone a mi lado mirando también hacia el fondo de la calle.

—Siempre me he preguntado —comienza a decir mientras los otros dirigen su mirada al fondo—¿por qué está descentrada esta geometría?, es como si el equilibrio lógico de la alineación se hubiera distorsionado.

¡Equilibrio! Últimamente no paramos de utilizar la misma palabra. Aunque no sé a lo que se refiere en este momento.

—¿Veis la cúpula central? —Sigue Sofía con la explicación manteniendo la mirada fija—: Está desplazada en la vista que tenemos desde aquí, y la imagen de la Virgen puesta en la pared de la basílica no está en el centro de la calle.

Nunca lo había observado así. Me muevo justo hacia el centro para observar. Tiene razón, se produce una visión rara, como algo que distorsiona. No hay coincidencia geométrica de la arquitectura con la posición de la calle. Miro de nuevo y, en ese momento, lo que me distrae y verdaderamente rompe el equilibrio es la persona que está viniendo hacia nosotros.

Si la mayoría de la gente está caminando en cualquiera de los dos sentidos, hay uno que viene en dirección cruzada, saliendo desde una de las callejuelas de la izquierda. Por supuesto, tropezándose con cada uno de los peatones que se cruza a su paso. Si ni mis amigos ni yo llamamos la atención con la ropa que llevamos puesta, él sí.

—¡Hola!

Es todo lo que dice. Se ha quedado a nuestro lado en silencio. Imitando nuestra posición, se vuelve para observar al fondo. Estoy seguro de que no le sacaremos muchas más frases a lo largo de la tarde. En fin, es lo que nos ha tocado.

El día que el tutor leyó a los componentes de cada equipo que había decidido la profe de Historia, empezó leyendo los nombres de los cuatro que estábamos sentados juntos en las dos primeras filas. No fue lo que más me alegró la semana, ya que desde que Sofía sale con Erik, mis sentimientos hacia ella los trato de ocultar con comportamientos que a veces están al límite de la mala educación, y ella se ha dado cuenta. Pero en el momento en que el tutor leyó el nombre de Samuel para incluirlo también en el grupo, mi cuerpo dio un vuelco. Vi la cara de sorpresa de Elsa a mi lado. No pude ver la de Sofía, solo su espalda, pero la expresión de Erik al girar su cara hacia Sofía me permitió ver a mi amigo sueco muy sorprendido. Seguro que en clase, en su país, no había gente tan rara.

Samuel es, por decirlo de alguna manera, el chico diferente de la clase. El que viste solo con camisetas negras, lleva siempre el pelo largo y desordenado, es bajito y además se arregla muy poco. Durante la mayor parte del año, menos en verano, viste un abrigo negro que le llega por las rodillas, pero le hace parecer gordo porque debe de llevar los bolsillos llenos de cosas. Lo que más destaca de su vestimenta oscura y algo desaliñada es el calzado: unas zapatillas absolutamente blancas. Así es, este año me fijé que siempre las lleva sin ninguna mancha y de la misma marca.

No tiene amigos en el instituto, al acabar las clases se va, nadie sabe dónde vive, ni nadie ha visto a sus padres aparecer nunca por el centro. Aunque Samuel tiene dos cosas en las que destaca: saca las mejores notas de clase y tiene el acento local más fuerte que he visto nunca. Habla poco pero cuando lo hace te hace mostrar simpatía por él. El problema es que yo creo que no se ha afeitado desde que le empezó a salir barba hace un par de años. Por eso su aspecto desaseado y desordenado suele producir cierto rechazo. Si alguna vez tratas de mantener una conversación con él, no consigues sacarle muchas palabras seguidas.

No resulta agradable tenerlo en el equipo porque no le gusta trabajar en grupo. Asumo que el resto acabaremos llevando el peso del trabajo. Si por lo menos dijera algo…

—Hola —responde Sofía—. ¿Cómo estás? ¿Ya has analizado todo lo que te conté que nos pasó en el museo? Seguro que lo has escrito todo con detalle.

—Sí. —Fue su escueta respuesta sin mirarla a la cara en ningún momento.

Es verdad. Esta es la segunda salida que hacemos por la ciudad después de que nos encargaron el trabajo. Él no pudo venir a la primera porque, según dijo, estaba en cama con fiebre. Sofía nos dijo que lo llamó después para contarle lo que nos sucedió. ¡Menuda historia para contar por teléfono!

Noto cómo lo mira. No consigo adivinar si la mirada es de ternura o de complicidad. Ella siempre es la que, desde que nos conocemos de pequeños, ha tratado muy bien a todo el mundo. Ahora me doy cuenta de que son las primeras palabras que se cruzan en público desde que comenzamos el trabajo.

Como no dice nada más, interrumpo el momento de silencio:

—Si os parece, empezamos con lo que nos hemos planteado hoy. —Comienzo a caminar por la calle hacia El Pilar.

No llevábamos ni un minuto andando cuando Erik nos señala la tienda de helados que está en la primera manzana en el edificio de la izquierda. Como no es la primera vez que este nórdico nos insiste en la bondad de comer helados en pleno invierno, esta vez paso de discutir y le sigo. El resto hace lo mismo, incluso veo a Samuel por mi izquierda que adelanta al propio Erik y alcanza primero la puerta. Todos llevamos una pequeña bolsa o mochila con nosotros, pero él hoy no lleva nada, solo el abrigo. Supongo que todo lo acumulará en los bolsillos.

Al aproximarnos a la puerta de vidrio, se abre sola por los dispositivos que tiene. Vemos el interior. Todo está pintado de blanco. Unos pocos adornos de color rosa imprimen un ambiente que parece que estuvieras en el Polo Norte… ¡de las chicas!, porque todo es rosa. Aunque reconozco que me gusta esta heladería, donde realmente sirven yogur helado. Seleccionas el gusto que quieres y luego te ponen sobre la base los ingredientes que elijas para «vestir» la elección a tu gusto.

La dependienta tendrá unos dos o tres años más que nosotros, de mediana altura, delgada y con pelo negro recogido con coleta baja. Por las formas de atender, parece que lleva pocos días en el puesto. La noto insegura. Pero esos ojos verdes y esa bella sonrisa que mantiene estoy seguro de que le van a hacer triunfar en poco tiempo. La vemos atendiendo a un grupo de cuatro chicas que tienen que ser de mi edad, pero la ropa que visten hoy es para pensar que la combinación de colores no es el fuerte de ninguna, aparte de la escueta minifalda que llevan para el frío que hace.

La situación comienza a ser rara porque el otro grupo de personas que hay en la tienda aparte de nosotros es una pareja con dos niños pequeños. El bebé no ha parado de llorar desde que hemos entrado, la madre trata de calmarlo sin conseguirlo, el padre está gritando a la niña mayor que no tendrá más de cuatro años.

No acierto a comprender por qué le reprende, pero está creando una situación muy violenta. A medida que le grita, el bebé llora más, la madre se pone más nerviosa y le cuesta más calmarlo. Deben de llevar un buen rato tratando de comer los helados, sentados en los sillones de la derecha de este pequeño comercio.

Veo que la niña se ha manchado la ropa con helado. Por su aspecto, son gente que yo calificaría como diferentes. Destaca que el hombre es varios años mayor que la mujer. Todos tienen el pelo oscuro. Lo único que contrasta es la piel blanca pálida del bebé con la tez muy morena de la niña y la de los propios padres. Supongo que mis amigos estarán sacando sus conclusiones.

Nos miramos entre los compañeros, observando la escena sin saber qué decir. Veo que la dependienta les mira de reojo. Se está comenzando a poner nerviosa. Las chicas de la minifalda no paran de hablar entre ellas discutiendo sobre la idoneidad de un ingrediente diferente u otro a la base del yogur helado que han elegido. ¡Parece que es la decisión más importante que tienen que tomar en todo el día! Me pone nerviosa esta gente. ¡Si da completamente igual uno que otro, si al final te lo vas a comer!, me gustaría decirles.

—¡Oiga!, por favor, puede bajar el tono de su voz. —Vemos que la joven dependienta se ha atrevido a decirle al hombre que gritaba.

Parece que no se sentía tan insegura como aparentaba.

El impacto ha sido enorme porque justo en el momento en que la chica había hablado, se acababa de producir un silencio por parte de todos, incluso del bebé, permitiendo que su acento sudamericano retumbara en todo el espacio. Nos hemos quedado todos aún más callados, pendientes de lo que pueda ocurrir a continuación. Las chicas que estaban pidiendo se han asustado, la que sostenía el primer helado se ha quedado sin él porque se le ha caído al suelo. Veo al hombre enfadado que se pone de pie mirando con ira a la dependienta. Esta, intuitivamente ha dado un paso hacia atrás, detrás del mostrador.

—¿Cómo te atreves? —le grita el hombre mientras se aproxima hacia ella—. ¿Quién te has creído que eres? —Lo dice todavía más alto.

Veo que Sofía y Elsa están asustadas. Miro de reojo a Erik, sin mediar palabra, aprovechamos que le sacamos más de un palmo de altura al hombre, y nos colocamos con un simple paso los dos juntos haciendo barrera entre este espécimen de animal y el mostrador.

—Pero… ¿esto qué es? —Vuelve a gritar mirándonos hacia arriba.

Percibo toda su furia en el paso que ha dado y en los puños que lleva apretados. Erik y yo, sacamos pecho, cruzamos los brazos por delante. Las chicas de la minifalda nos miran y se ríen entre ellas. Sofía está calmando a la niña pequeña que, llorando asustada, se ha aproximado a la persona que tenía más cerca.

—¡Menuda heladería de mierda! —comienza a gritar mientras coge de la mano a la niña con fuerza y, de un tirón, la separa de Sofía para dirigirse hacia la puerta de salida—. ¡No vuelvo a venir nunca más a este sitio! —sigue gritando ya muy cerca de la calle.

En ese momento se produce algo que ninguno nos hubiésemos esperado.

La situación se habría resuelto perfectamente si el hombre se hubiera ido sin más, pero la puerta no se abre y, como lleva todo el impulso del arranque esperando que el detector de movimiento moviera los dos cristales hacia los lados, se da de bruces contra ella. Se desequilibra y cae al suelo.

La escena en la heladería es absolutamente de película de terror. Las chicas jóvenes se mueven hacia la pared como buscando su protección, se aprietan con fuerza entre ellas. La dependienta se ha quedado inmóvil de pie detrás del mostrador. El bebé ha comenzado a llorar aún más fuerte, la niña pequeña se escapa hacia Sofía protegiéndose la cara entre el abrigo de mi amiga. Elsa se acerca a la madre y le ofrece al bebé un pequeño juguete que lleva en la mochica para que se calme. Erik y yo hacemos ademán de ayudar al hombre a levantarse, pero este nos rechaza con malos modos.

Nunca había oído gritos tan fuertes saliendo de la boca de un humano. No consigo oír el llanto de los niños del vozarrón de este hombre. No para de insultar a la dependienta con todo tipo de improperios humillantes y racistas.

—¡Ya basta! —grito delante de él—. ¡No tiene derecho a tratar a nadie así de mal! ¡No es su culpa!

—¡Usted lo que tiene que hacer es calmarse! —Se une Erik a mí gritándole al hombre.

Sigue vociferando. Se aproxima de nuevo a la puerta para que se abra, pero sin éxito. Repite el movimiento varias veces con el mismo resultado. Elsa ha dejado a la madre y con mucha sangre fría se ha aproximado a la dependienta. Oigo que con palabras suaves le está convenciendo para que active algún mecanismo que permita abrir la puerta. La chica está bloqueada, se ha puesto a llorar también.

Ya no sé a dónde mirar. El grupo de chicas asustadas gimiendo en un rincón. El bebé llorando desgarradamente en el pecho de su madre. La niña morena pequeña abrazada a Sofía sollozando con la cara oculta por el abrigo. El hombre ha empezado a ponerse aún más nervioso y romper parte de los pocos muebles que hay en la tienda. Erik y yo nos miramos. No hay información en nuestras caras, también nos hemos bloqueado, no sabemos qué hacer: si bloquear al hombre, apartar a la gente o simplemente llamar a la policía con el móvil.

Pero hay alguien más en la tienda.

Hace rato que no me fijo. Giro la cabeza en varias direcciones tratando de localizar a Samuel con la mirada. Se me hiela la sangre, ha debido de ir a la parte de atrás de la tienda y ahora se dirige a la entrada. Le quita de las manos con firmeza la silla que el hombre estaba punto de romper en la pared cerca de donde se protegían las chicas. Sin mediar palabra, la coloca a unos pocos centímetros del hombre. Este no es capaz de moverse de lo sorprendido que se ha quedado.

Menos el bebé, el resto se ha callado. Todos observamos cómo Samuel se saca un destornillador del bolsillo interior del abrigo, luego se sube a la silla. Se eleva con cuidado para no perder el equilibrio y, con una destreza que nunca me hubiera imaginado en este friki, abre la caja de conexiones del controlador de la puerta corrediza. Le vemos maniobrar.

En menos de un minuto las puertas se vuelven a separar y notamos con gran satisfacción el viento helado entrando desde la calle.

Samuel sigue tocando el dispositivo. Hace movimientos con su mano izquierda hacia el detector. Así vemos que la lucecita cambia de color verde a rojo alternativamente cada vez que él provoca con su movimiento que se abra la puerta y espera unos segundos hasta que se vuelva a cerrar. Cuando se da por satisfecho, ayudado por el destornillador vuelve a cerrar la caja del dispositivo. Se baja de la silla. La deja donde estaba. Mete el destornillador en el abrigo. Se queda frente al hombre mirándolo. Son casi de la misma estatura. El silencio sigue siendo de la misma intensidad. Ahora incluso el bebé se ha callado. Si no fuera porque no puede ser, pensaría que ha grabado toda la escena en su pequeña cabecita.

Por mucho que pasen los años, nunca llegaré a interpretar la mirada de Samuel a ese hombre. Lo único que recordaré es cómo un energúmeno, de pronto, se calma, toma de la mano a su hija pequeña, con cuidado ayuda a su mujer a levantarse con el bebé y se retira en silencio del local. Esta vez las puertas de cristal se abren para que se pueda ir la familia.

Miramos todos a Samuel. No creo que hable solo por mí si digo que hoy es el principio de una nueva relación con este chico. Acabo de descubrir algo que no me esperaba y me encanta. De hecho, estoy orgulloso de que esté en nuestro grupo.

De pronto, y para sorpresa de todos, se aproxima al mostrador y con un marcado acento de Zaragoza le dice a la dependienta:

—¿Me pone por favor una tarrina de yogur helado con caramelo por encima y unas cuantas nueces caramelizadas?

No sé quién se sorprendió más, si la camarera o los demás que lo mirábamos.

Pero en ese momento, Sofía nos coge por el brazo a los cuatro y nos aproxima a su posición:

—¿Habéis visto el colgante que llevaba la niña morena? —nos interroga mirándonos a los ojos uno a uno.

No sabemos qué decir.

—Sí —interrumpe Samuel el silencio—: El símbolo que te dieron en el museo.

Volvemos a mirar todos a Samuel. Este chico es una caja de sorpresas. Especialmente porque todavía no lo ha podido ver, le ha bastado con la descripción que le debió de dar Sofía por teléfono.

—¿Cuándo te has dado cuenta? —le pregunta Sofía.

—En cuanto hemos entrado en la tienda.

¡Qué capacidad de observación! Yo que me consideraba buen observador ni me había fijado. Por la mirada de mis amigos, ellos tampoco. Sofía lo ha debido de ver cuando la niña lloraba junto a ella.

—Ahora no hay tiempo que perder —dice nerviosa Sofía—. Tenemos que seguirlos para entender cómo llegó el símbolo a la niña.

Nos la quedamos todos mirando. Vuelve a ser Samuel quien rompe el silencio.

—Lo siento, yo ahora me tomo un helado —lo dice mientras se aproxima de nuevo al mostrador mirando a la dependienta.

—Yo también —decimos Elsa, Erik y yo a la vez, con una mirada cómplice sonrientes por la coincidencia de la frase.

 

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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