DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 25

CAPÍTULO 25
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 17:00

Sofía

Nunca imaginé que me iba a embarcar. Me ha costado mucho decidirlo porque en el fondo todo está basado en algo absolutamente imaginario, que solo ocurre en las películas.

Después del rato comprobando la entrada de la luz en la calle y en la iglesia, nos hemos vuelto al banco donde estábamos antes.

Samuel de pie a mi lado ha sacado su tablet y se ha puesto a anotar no sé qué. Estamos los tres procesando la razón que nos ha dado por la que no ha llegado a la misma hora que los demás. «Tenía que hacer cosas», es todo lo que ha dicho. Y, claro, ¿quién le pregunta qué cosas? ¿Quién se atreve a meterse dentro de su misteriosa vida? En fin, así es y no lo vamos a cambiar. Lo que me pasa es que hay algo en él que me inspira respeto y simpatía a la vez. Desde el incidente de la tienda de helados he notado que los otros lo tratan mejor. Yo siempre me he llevado bien con él, pero ahora noto como más complicidad con todo el grupo.

Lo miro de reojo y sonrío sin que sepa que le estoy mirando.

Elsa y David están sentados en el respaldo del banco con los pies apoyados en el propio asiento. Yo prefiero estar de pie porque con el viento que sopla hoy así utilizo las dos manos para colocarme el pelo cada vez que me lo mueve el aire. Elsa lleva el pelo corto y no lo necesita, por eso puede usar las dos manos para asegurarse bien en el banco.

—Creo —empiezo diciendo— que estamos de acuerdo que todo esto parece una ridiculez, pero a la vez hay información que nos está llevando alrededor de lo mismo. Y lo que es un hecho es que la gente se está desequilibrando… ¿Lo hacemos?

Nos miramos los tres a la cara en silencio, Elsa gira la cabeza hacia la iglesia que en ese momento está a la sombra. Los tres ventanales alargados de la fachada nos observan silenciosos como esperando que adivinemos sus secretos.

—Después de lo que ha pasado con mi madre —dice David de forma seria y a la vez decidida—, lo tengo muy claro: adelante.

Nos quedamos los tres mirando a Elsa, mientras ella no para de observar la parte alta de la iglesia. Todavía no ha visto la pequeña «puerta» del tejado, pero estoy segura de que le ha entrado la curiosidad.

A Samuel se lo he explicado yo cuando ha venido y lo ha visto enseguida. Creo que ha sido cuando ha sacado la tablet para tomar notas.

Elsa se nos queda mirando, callada. Es un silencio incómodo porque ni David ni yo nos atrevemos a interrumpirla.

—Yo también pienso que pasa algo y hay que actuar —continúa Elsa—, pero antes de hacerlo me gustaría confirmar algunas informaciones por la noche en casa.

Nos mira de nuevo a los tres y dice:

—Pero a tu pregunta: la respuesta es sí… Venga, tenemos que preparar bien el tema.

Se para un momento.

Me encanta cuando pone esa cara de pensar, mirando hacia arriba y los dedos tocándose los labios inferiores. Si alguien le hiciera una escultura, seguro que la pondría en un museo. Parece que ya le ha vuelto la inspiración.

Ya es el momento de empezar a tomar decisiones. Voy a mover esto.

—De lo que nos dijo Nicola —nos sorprende a todos Samuel—, nos falta claramente el tema de la música.

Ha conseguido que los tres dejemos de mirar a la pareja que se ha colocado en el banco de al lado y se están besando. Nos hemos girado todos a la vez y lo miramos frunciendo el ceño como si nos recordara algo que nos contaron de niños. Nadie ha vuelto a mencionar este tema desde que salimos de la casa del viejo. Nos ha sorprendido.

Pero él sigue mirando su tablet y no dice nada más.

—Para que se abriera el portal —rompo el hielo— dijo que debía sonar a una hora concreta y una música concreta, en caso contrario no se podrá hacer… —Pero titubeo porque noto que los tres están mirando detrás de mí, y la cara de David ha cambiado totalmente. Continúo con lo que iba a decir—: … el momento es sensacional, estamos a punto de decidir embarcarnos en algo que no nos imaginamos, y ¡ahí vamos!…

Pero justo cuando acabo la frase me vuelvo totalmente y me encuentro con Erik de pie mirándome fijamente.

Aunque esté enfadada con él, tengo que reconocer que es un tío atractivo. Lleva pantalones vaqueros justos en la parte de abajo que se meten por dentro de la botas color beige que se ha puesto hoy. Por lo demás lleva el abrigo de paño de color negro y bufanda blanca que vestía cuando fuimos al museo. Pero hoy tiene las manos en los bolsillos y, para protegerse del frío viento, se ha puesto un gorro de lana nórdico que le queda muy bien. No consigo decir nada, solo lo miro. Noto cómo me palpita el corazón. Le gritaría ahora mismo por lo mal que se portó el último día y a la vez le abrazaría durante un buen rato para sentir sus brazos alrededor mío. Pero no hago nada, solo lo miro.

De pronto, él rompe el silencio:

—Antes de ir a cualquier sitio… —Se calla un momento y me mira fijamente a los ojos—: … tenemos que hablar.

¡Qué situación más desagradable! Me giro y veo a Elsa que nos sonríe. En cambio, David se ha puesto pálido, rehúye mi mirada, se toca las manos como si se apretara los dedos. Se lo he visto hacer alguna vez más en clase cuando le preguntan y al volverme le veo nervioso. Me gustaría preguntarle qué le pasa, me gustaría continuar con lo que estábamos hablando, pero en este momento estoy en una encrucijada. No sé qué hacer.

—Yo me voy. —Se levanta David bruscamente y recoge su bolsa.

Veo que Elsa le coge del brazo como para frenar semejante ímpetu y con la otra mano le hace una señal a Samuel por encima de su tablet.

—Los demás también nos vamos —dice Elsa, se pone de pie junto a ellos y posicionándonos como si formáramos un círculo los cinco, continúa—: Si os parece esta noche nos conectamos vía Internet y compartimos todo lo que tenemos. Creo saber dónde tengo que buscar lo que me falta. Hasta luego.

Se retiran los tres. Elsa ha cogido a David por el brazo y este no se ha despedido. No sé qué le pasa. Samuel camina a su lado pero separado un par de metros.

—Caminemos —dice Erik bastante serio.

Comienza a andar por la calle de la izquierda de la iglesia de la Magdalena hacia la calle Mayor. Voy a su lado.

Si cualquiera me hubiese dicho eso y de esa manera en otra situación, supongo que simplemente le habría pedido que me dejara en paz. Pero esta vez, lo acepto. Si quiere pedirme perdón por lo del otro día, no se lo voy a poner más difícil, supongo que no debe ser fácil para él hacerlo.

Tras cruzar la calle San Vicente de Paul, avanzamos por la calle Mayor, realmente en dirección al Cruce, donde había estado antes del encuentro y había llegado a relajarme entre la multitud.

La calle Mayor tiene para mi algo especial, porque da acceso a dos de las plazas de esta ciudad que más me gustan. Una es la plaza Santa Marta, donde se pueden tomar unas muy buenas tapas y disfrutar de un rincón histórico que no ha perdido su saber antiguo. La otra es la plaza San Pedro Nolasco y hacia ella me dirijo. En cuanto llegamos al cruce de la calle Argensola, giro a la izquierda para ir a través de esa plaza.

Parece que le va a costar contármelo, porque en todo el rato que llevamos andando no ha dicho nada y, lo más raro en él, no ha sacado las manos de los bolsillos.

En la plaza San Pedro Nolasco he disfrutado de muy buenos conciertos de música antigua cuando, durante las fiestas de la ciudad, los organizan al aire libre. Pero hoy no me llega este recuerdo al pasar por aquí.

Mientras terminamos la calle Argensola, y antes de entrar en la plaza, me fijo en la derecha, donde se conservan las ruinas romanas de las antiguas termas. En este momento estos restos tienen otro significado para mí con toda esta historia en la que estamos metidos. Y lo más especial es que justo aquí estoy muy cerca de dos importantes ruinas romanas que se conservan. La otra es el anfiteatro, que nos lo vamos a encontrar en cuanto avancemos recto por la calle del fondo dejando la iglesia al lado derecho. Le miro de reojo y compruebo que sigue con la vista en el suelo.

En el momento en que avanzamos un poco por la calle Pedro Joaquín Soler se nos abre a nuestra derecha toda la amplitud del antiguo anfiteatro romano. Erik se para, se apoya en la valla, hacia el interior y, sin mirarme a la cara, comienza a hablar.

—Lo que te voy a contar es algo aún casi más increíble que todo lo que hasta ahora hemos estado hablando…

¡Vaya! Pensaba que se iba a disculpar. Aunque debo reconocer que ha llamado mi atención.

—… el problema es que quizá no estás preparada para escucharlo.

Pero, bueno ¿Qué se habrá creído? No solo no me pide disculpas, sino que además me trata de niña. Entonces se gira hacia mí, pone sus manos en mis hombros y me mira a los ojos.

—¿Estás dispuesta a escuchar algo que va a cambiar tu vida?

Durante unos segundos no sé qué decir. Entonces simplemente asiento con la cabeza.

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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