DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 26

CAPÍTULO 26
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 18:00

David

Lo mejor que puedo hacer es dejar de mortificarme. Ha ocurrido y no se puede cambiar. Creo que es de las mejores lecciones que he aprendido en esta vida y hoy principalmente tengo que recordármelo.

Tras la aparición de Erik en la plaza de la Magdalena, Samuel rápidamente se despidió de nosotros y se fue hacia su casa. Elsa estuvo muy amable todo el trayecto que estuvimos andando juntos hasta que se despidió para irse también. No estoy acostumbrado a que una chica me coja del brazo, pero viniendo de Elsa no me importó porque la veo como una buena amiga y ella sabe cuáles son mis sentimientos por Sofía. Sigo preguntándome cómo pudo darse cuenta, pero como dice mi amigo Jon, muchas veces la cara expresa lo que siente el alma y no la podemos controlar.

Al final he llamado a mi tío Daniel desde el móvil mientras venía a casa. Le he preguntado por mi madre y mi hermano. Ella se despertó, estaba muy cansada y volvió a quedarse dormida. Le he dicho que me quedaré en mi casa. Me ha insistido mucho para ir a la suya, pero tras explicarle que tenía algo importante que hacer no me ha insistido.

Siempre he sentido una conexión especial con mi tío. Desde pequeño muchas veces simplemente nos mirábamos y creo que ya sabíamos lo que pensaba el uno del otro. Mi madre se había dado cuenta, y ante la falta de mi padre, me he ido dando cuenta de que ha tratado que mantengamos viva la relación con mi tío y su familia. No creo que mi madre se hubiese esperado que le iba a ocurrir a ella y que tuviéramos que pedir ayuda. ¿O quizá sí, y por eso nos habló la noche anterior? No importa en este momento, tengo que tomar mis propias decisiones y afortunadamente tenemos al tío Daniel para apoyarnos.

Me ha parecido muy buena la idea de Elsa de quedarnos cada uno en nuestra casa para conseguir más información. Creo que cada uno necesita estar solo, reflexionar y ordenar las ideas. Bueno, Samuel no tengo ni idea de qué hará. Sigue siendo una incógnita para mí. En el caso de Sofía y Erik quizá tengan otra prioridad, pero he decidido olvidarme de eso y concentrarme en el tema del «salto».

Como siempre el ordenador tarda en encenderse, cada vez que le doy al botón de arranque tarda más que la vez anterior. Me quedo mirando la pantalla mientras se ven un montón de cuadros de diálogo que se abren, se quedan visibles un rato, luego dicen que han acabado la tarea y finalmente se cierran. Y luego otro, y otro. Mientras lo miro me culpo a mí mismo de lo que tarda porque los informáticos siempre dicen que depende de la cantidad de programas que cargas en el ordenador. Cuantos más, y si se quedan metidos no sé dónde, entonces el ordenador irá más lento. La semana que viene me pongo a borrar programas.

Noto el silencio en casa. En el fondo es incómodo porque la razón de estar solo no es buena. Espero que mamá esté bien. Seguro que Marco se lo estará pasando estupendamente con las primas. En el fondo creo que le gusta la pequeña. Pero, ya se sabe, somos familia…

Mi cuarto sigue ordenado. La verdad es que toda la casa está siempre ordenada. Mi madre lo impone y somos incapaces de desobedecer. Por eso mi escritorio marrón claro no tiene ningún papel encima de la mesa. Todos los tengo en los cajones del mueble de debajo, incluso los bolis. Creo que, de la gente de mi clase, debo de ser el único con semejante mesa.

Para un extraño, lo que más le puede impactar de mi cuarto es lo simple que es. Solo tengo la cama detrás de mí, la mesa con un espejo enorme enfrente en el que me miro en cada momento y el armario a la derecha. La ventana, que la tengo a mi izquierda, me deja pasar toda la luz porque hace un par de años decidí que no podía tener ni cortinas ni persianas que taparan la vista del gran árbol de la calle de enfrente. Al vivir en un tercer piso, toda la vista me da a las ramas y hojas del árbol. Me encanta.

Por fin se enciende el ordenador portátil. La conexión wifi está correcta y todo preparado. Me miro las manos, no son como las de Nicola, las mías normalmente tocan teclas de ordenador y bolígrafos para trabajar. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Hace años los chicos de mi edad ya estaban trabajando con herramientas ayudando a sus padres en el campo o en diferentes trabajos manuales. «Es parte del avance tecnológico», me repito cada vez que comparo. Estiro los dedos como si de un acto de protocolo se tratara ante el ordenador y, con una velocidad que mis propios compañeros se sorprenden, comienzo a dirigir mi búsqueda por Internet.

Lo primero que hago es abrir la nueva aplicación que estamos compartiendo en clase que funciona como una videoconferencia donde podemos estar hasta seis a la vez, viéndonos las caras, uno en cada esquina de la pantalla. De forma automática, compartimos ficheros, información y, sobre todo, para hacer bien la búsqueda, direcciones web. Tengo que lanzar la invitación a los cinco, aunque invitar a Erik no es lo que más me apetece en este momento.

Elsa ha aceptado la invitación inmediatamente y ya la veo en pantalla:

—Hola aquí estoy —me dice.

—Un momento, voy a ajustar el sonido con los altavoces —le contesto—. Normalmente lo tengo ajustado con los auriculares, pero hoy estoy solo y prefiero los altavoces.

—Yo te escucho y te veo muy bien —me responde Elsa.

Ajusto altavoces, volumen y brillo de la pantalla. Ella está en su habitación y lleva una blusa clara con lo cual le distingo muy bien la cara. Si estuviera mi madre aquí, le podría decir cómo el resto de mis compañeros tienen el cuarto desordenado. En fin, no es cuestión de acordarme ahora de mi madre.

—Perfecto, Elsa, alto y claro.

Sin decirnos nada, solo teniéndonos visible en un extremo de la pantalla comenzamos a teclear el ordenador. Por el sonido de sus teclas noto que ya estamos los dos navegando. Soy consciente que hasta que alguno de los dos no encuentre algo verdaderamente interesante no se lo dirá al otro y hasta ese momento, el único sonido será el de las teclas. Ni Samuel, ni Sofía, ni Erik están en pantalla, de hecho, no han aceptado la invitación.

Se oye de pronto el sonido de que se ha conectado alguien más. Pero no se ve imagen de nadie.

—¡Hola! —digo en el silencio de mi habitación—. ¿Quién se ha conectado?

Se escucha un ruido raro en los altavoces, como si alguien estuviera rayando una superficie de metal. Es estridente. ¡Qué desagradable!

—¿Quién anda ahí? —vuelvo a repetir al no oír a nadie.

—Hola. —Claramente identifico la voz de Samuel—. Es que se me ha caído todo al suelo, el ratón y el teclado.

—Pensaba que alguien estaba rayando algo —oigo la voz de Elsa a través de los altavoces.

—Sí, bueno… —comienza Samuel—, era uno de los gatos… Estaba tratando de dibujar un círculo en la pantalla del ordenador.

—¡Guau! —se oye a Elsa de nuevo.

—Ah, ¡no pasa nada! —contesta Samuel como si le hubiesen hecho una pregunta que le obligara a decir algo—, tengo una pantalla protectora que cambio cada mes.

Lo que veo es que no ha activado el vídeo, solo el audio. Lo único que veo de él en la pantalla es la foto que se ha puesto de presentación. Aunque más que foto, debo decir, dibujo. En un fondo negro tiene dibujado en color amarillo el símbolo de infinito, el típico número ocho acostado. No tengo ni idea de por qué ha puesto ese dibujo y me imagino que no ha activado el vídeo porque no querrá que veamos su casa. Me la imagino pequeña, pobre, muchas personas viviendo juntas… ¿Por qué digo esto? A veces me avergüenzo de mis pensamientos.

En fin, me dedicaré a lo que debo hacer.

Tengo muy claro por dónde empezar. Tecleo «sillar en Puerta de Valencia». Aparecen muchas direcciones y trato de ver rápidamente si hay algo especial. Para mí, el principio de todo esto está en el sillar porque fue lo que Sofía estaba observando cuanto la guía se le acercó en el museo y luego fue uno de los documentos que estaban en la cartera del padre de Sofía. Así que tiene que haber algo ahí.

Tras un rato de búsqueda, ya me he topado con la misma traducción del latín de las letras visibles en la parte izquierda del sillar. Todas hacen referencia a «Los que hacen la puerta que regresen a su patria». Dentro de lo fantasioso de todo esto, es lo único que tiene relación con el posible «viaje» a través del portal.

Introduzco las mismas palabras en inglés, francés y también en italiano. «Maravillosos estos traductores on-line». Y es cuando al final lo he puesto en italiano: «Porta romana», cuando aparece algo nuevo.

—Creo que he encontrado algo —digo al micrófono y noto que Elsa para de teclear el ordenador—. Os envío la dirección web.

Solo unos segundos después me responde Elsa:

—La he recibido y la estoy abriendo. —Se calla un momento y continúa—: Esto es nuevo… ¿los lares tutelares? ¿Qué es eso? —Noto que mira por encima el documento y luego dice—: Me pongo con ello.

No tengo ni idea de qué es eso. La dejo a ella investigar. Lo he encontrado en un estudio de una profesora de Historia de una Universidad de Madrid, y es precisamente sobre el sillar. Parece mentira que alguien se haya podido poner a investigar solo sobre una piedra. Pero en este caso, no me sorprende porque yo estoy totalmente intrigado, y no tanto por la traducción, sino por la parte derecha donde no se puede leer nada. ¿Cómo alguien pudo hacer eso? Dejaron las letras de la parte izquierda, aunque no todas se ven. En la parte derecha esculpieron algo. Luego lo «borraron», o como se diga cuando alguien destruye lo esculpido.

—¿Ves algo? —pregunto.

—Pues sí —me contesta Elsa mientras noto que está leyendo mientras me habla—. Aquí hay otra traducción de las letras de la parte izquierda del sillar. Te las escribo.

Oigo como teclea en el ordenador y presiona finalmente una tecla, que supongo será la de Enter. Acto seguido, recibo el texto:

«(Esta es la) Puerta de Roma. Los que la hacen se ocupan de labrar, y regalan (las imágenes de) los lares tutelares».

«César (hijo) del divino…».

Lo leo y pregunto:

—¿Qué significa eso?

—Ni idea —contesta Elsa.

En ese momento me suena el móvil. Miro la pantalla. Veo que es Sofía. Me da un vuelco el corazón. Noto que Elsa y Samuel han parado de teclear, solo se oye el sonido de mi teléfono.

—Hola, ¿qué tal estas? —contesto amablemente.

—¿Estás solo en casa? —oigo la voz de Sofía. Si estaba frío, me acabo de quedar helado.

—Sí.

—Te importa que vayamos, estoy con Erik y estamos cerca de tu casa. Lo mejor será que os cuente lo que sé, y hagamos la búsqueda pronto.

¡Falsa alarma! Ha vuelto con Erik. No puedo pensar todo el rato en lo mismo, ahora nos tenemos que concentrar en el «salto». No tiene sentido que estén cerca de mi casa porque ninguno vive en este barrio. No entiendo.

—Sin problemas —le contesto—. ¿Cuánto tardáis en llegar?

—Nada, estamos afuera.

En ese momento oigo el timbre de la casa sonando.

 

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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