DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 11

CAPÍTULO 11
Jueves, 15 de diciembre de 2016
Hora: 18:30

Sofía

—Estaba bueno, ¿eh?

La voz de Erik susurrándome al oído me devuelve de nuevo a la realidad.

Me había ausentado otra vez pensando en lo que nos acababa de pasar en la heladería. No sé qué es lo que más me ha sorprendido, si el comportamiento del señor histérico, la dependienta asustada, las chicas idiotas histéricas, David y Erik plantándole cara al hombre, Samuel solucionando el problema… o la niña con el colgante. No puedo dejar de pensar en el símbolo. Si por lo menos supiera su significado. Pero ¿por qué lo llevaba esa niña?

Y la madre, ¡cómo me ha mirado cuando he aproximado mi mano el colgante para verlo más de cerca! ¿Ha sido expresión de curiosidad o de miedo? No se lo he contado a los demás todavía.

Y ahora este me pregunta por el helado.

—No lo sé —le digo mirando a la gente mientras seguimos andando los cinco por la calle Alfonso hacia el Pilar—. Yo no quería tomar helado. Quería hablar con la madre para saber de dónde había sacado el colgante de la niña.

Supongo que no se habrá dado cuenta de que he notado su gesto de indiferencia encogiéndose de hombros. Las sombras muchas veces nos delatan

—A mí también me gustaría saberlo —comenta David apoyando lo que he dicho.

Menos mal, al menos alguien más en el grupo que no solo piensa en comer helados en mitad de este lío. De pronto, noto que Erik me agarra con fuerza y me lleva hacia él.

—¡Cuidado! —grita

Me dejo llevar. Veo que Samuel que iba a mi izquierda ha pegado un salto hacia el lado contrario permitiendo que el señor corpulento que iba delante de nosotros se cayera hacia atrás. La mujer que va a su lado está gritando. El golpe ha sido muy fuerte porque ha caído como un tronco de árbol todo recto y se ha golpeado la cabeza. ¡Madre mía! Hay sangre en el suelo. Un hilillo sale por el oído, pero lo peor es que se está haciendo un pequeño charco debajo de la cabeza.

—¡Apartad!, ¡rápido!

Nos empujan una pareja de policías que estaban patrullando para hacerse hueco y atender al hombre. Todo el mundo empieza a acercarse. La mujer deja de gritar, solo llora, mientras la calman otras dos señoras que pasaban por la calle. Los empujones de la gente que se aproxima a ver nos obligan a desplazarnos y nos hacemos señas para retirarnos hacia la pared de la cafetería de la izquierda.

Samuel ha sacado una tablet de uno de los bolsillos y está haciendo fotos a la gente. Los demás, como cuerpos petrificados, tenemos las espaldas apoyadas en la cristalera de la cafetería mientras miramos. Ninguno dice nada.

De pronto oímos gritos y golpes. Erik me aparta y señala hacia atrás. David ha mirado y, con cara de desprecio, se ha retirado calle arriba hacia la esquina donde está la oficina bancaria. Elsa se ha vuelto y les está haciendo gestos de enfado. Es increíble, la gente que estaba dentro de la cafetería nos está insultando y gritando desde dentro para que no les tapemos la vista del espectáculo de la calle. Parejas elegantes y bien vestidas nos están gritando. ¡Qué asco!

Nos retiramos todos, no sin antes hacer Elsa un par de gestos con el dedo corazón de la mano que podría darnos algún problema como salga alguno.

Como estamos justo en la esquina de la calle Torre Nueva, y por salirnos de todo el lío que se ha organizado, les hago señales de girar y seguir hacia la plaza San Felipe.

—¡Mirad! —grita David mirando hacia atrás, a la calle Alfonso.

Samuel se gira, vuelve a sacar la tablet para hacer fotos y se adelanta dos pasos. Los demás simplemente nos giramos. Lo que estamos viendo nos vuelve a dejar sin palabras.

Hay tres personas en el suelo tocándose el oído. Estaremos a unos veinte metros de ellos, pero consigo distinguir que los tres tienen la mano manchada con sangre y no hacen más que mirarla. Intentan levantarse, pero se vuelven a caer. No pueden mantenerse en pie.

De pronto uno de los policías que había ido a socorrer al señor corpulento se está yendo hacia atrás como mareado, se lleva las dos manos a los oídos y finalmente se le doblan las piernas. Afortunadamente consigue apoyar la mano izquierda en el suelo porque si no se habría desplomado como el hombre de antes.

—No podemos hacer nada —nos sorprende Samuel con el comentario mientras mete de nuevo la tablet en el bolsillo y se gira para caminar en dirección a la plaza san Felipe.

—¿Cómo que no? —dice Elsa—. Podemos llamar a la policía.

Después de eso se queda callada y, como si hubiese preparado la respuesta para cualquiera de los demás, le digo señalando a la calle Alfonso:

—Pero si la policía está allí…

Me pongo al lado de Samuel y sigo andando hacia la plaza.

—Venid, quiero ver una cosa —les digo a todos.

Todo esto está siendo muy intenso. La guía del museo, el conflicto de la heladería, el follón de la calle ahora mismo. Necesito un poco de tranquilidad y en el sitio al que estamos yendo siempre he encontrado un sitio de paz.

Hay varias personas que caminan rápido en sentido contrario hacia donde vamos, supongo que alertados por lo que está ocurriendo detrás. Miro a mis amigos sin que se den cuenta y solo veo caras serias, inexpresivas como esperando lo siguiente que ocurra. Estamos ya a pocos metros de llegar a la esquina con la plaza San Felipe y vamos ocupando la vía en todo su ancho, parecemos un grupo de vaqueros de esas películas americanas que entran en una calle para enfrentarse a los malos. La verdad es que el abrigo ancho de Samuel que lleva abierto y el de Elsa que, aunque es un poco más ceñido, también lo lleva abierto ahora, ayudan a imaginarse a los cinco como si fuéramos del Oeste.

Entre tanto pensamiento, por fin un sitio de paz. Me gusta esta plaza. El restaurante Casa Montal a la derecha que, con su construcción antigua y bien conservada, te invita a volver varios años atrás en el tiempo. El Museo Pablo Gargallo, de frente al fondo, y la iglesia de San Felipe en el lado izquierdo que, cuando la miro, siempre busco la segunda torre que le daría simetría a la portada, pero por supuesto no encuentro. Tampoco dejo nunca de mirar el portal de entrada de la iglesia que, según me explicó mamá, anteriormente era la entrada de la propia basílica del Pilar de la ciudad y que trajeron aquí.

Una vez más me fijo en las dos estatuas que pusieron a la entrada del museo. Cada una tiene un jinete montando un caballo que muchas mañanas de domingo aparecen con alguna botella o trozo de ropa que algún despistado de la fiesta de la noche anterior se ha olvidado. En fin, son cosas que les ocurren a veces a las obras de arte.

Pero voy directa a donde quiero ir. Detrás se han quedado parados mirándome.

Al llegar a la estatua en el suelo del niño sentado con las piernas dobladas y los brazos apoyados en ellas mirando hacia arriba, me siento junto a él.

—¿Para eso querías venir aquí? —me pregunta Erik mientras se aproxima a mi sitio.

Los demás se ríen, pero he conseguido que David y Elsa también se sienten a mi lado.

—Me encanta este sitio —les digo mirando hacia donde se sitúa la estatua—. No sé por qué la han puesto aquí, pero me gusta venir. Es una plaza muy tranquila.

—¿De verdad que no sabes por qué la han puesto?

La pregunta de Elsa ha sonado más a reproche que a «no te preocupes amiga que te lo explico». Mirando las caras de los demás se ha dado cuenta de que su comentario no ha sido oportuno.

—¡Perdón! —comienza diciendo, mientras mira al suelo en señal de disculpa—. El niño está mirando a la Torre Nueva.

Recuerdo que alguna vez alguien me contó algo, pero no me consigo acordar.

—La Torre Nueva fue el primer gran edificio que se construyó en Zaragoza en el siglo xvi y era una de las torres mudéjares más bonitas. Tenía un gran reloj y con las grandes campanas avisaban a la gente ante situaciones de peligro o para cosas normales de la vida diaria.

Elsa se pone de pie y nos invita con la mano a que la sigamos. No me importa seguirla porque no me acordaba nada de lo que está contando.

Se para y, señalando con el dedo al suelo, dibuja como un círculo a su alrededor.

—¿Veis estás figuras que se ven en el suelo?

—¿Cuál de todas? —pregunta David.

Es verdad, hay varias figuras circunscritas unas dentro de otras.

Si alguien nos está mirando se estará riendo porque nos encontramos los cinco de pie, con la vista en el suelo, cada uno por su lado, recorriendo las diferentes figuras.

—Son octógonos —continua Elsa—. Representan la base de la torre y luego sus diferentes niveles que también tenían esa forma.

No tenía ni idea.

—Pero la torre la tuvieron que derribar —continua Elsa—, varios años después de ser construida, ya que se inclinó, y a finales del siglo xix el Ayuntamiento decidió que había que evitar el riesgo sobre los edificios de alrededor.

Elsa se queda en medio mientras los demás miramos la figura.

—Y para conmemorar la torre, que era muy querida por la gente de la ciudad, dibujaron aquí un octógono donde estaba ubicada y pusieron la estatua del niño que estáis viendo —señala con el dedo donde estábamos antes sentados—, como si estuviera mirando a la parte alta.

—¡Guau! —dice David—. La cantidad de veces que he venido aquí y no tenía la menor idea.

Supongo que Elsa estará orgullosa porque estamos todos mirándola. Con el abrigo gris clarito largo que hoy viste y el gorro de lana con visera también gris, tiene un aire romántico de poeta y solo le falta ponerse a recitar en voz alta para conseguir que todos la aplaudan.

—No has contado todo —interrumpe Samuel el momento casi mágico.

Elsa lo mira un poco seria y los demás movemos la vista de la cara de uno a la del otro.

—Este es uno de los ejemplos de lo contrario al equilibrio en esta ciudad.

Las últimas palabras de Samuel han sido como un choque de trenes. Llevamos varios días hablando de equilibrio en la ciudad, desde incluso la antigua Roma y ahora parece como que hay algo que no es correcto.

—Tú dirás —le dice Elsa con un poco de desplante.

—Lo único que sé —continúa Samuel— es que todo esto está rodeado de misterio. ¿Por qué puede una torre de 81 metros de altura construirse y empezar a ser ruina siete años después? Si se inclinó durante su construcción, ¿no hubiesen tenido que parar las obras, rehaciéndola desde sus cimientos, o cambiando de emplazamiento si el subsuelo no aseguraba una correcta cimentación?… Esas son algunas de las preguntas que he oído.

Se mueve Samuel hacia la esquina de la calle El Temple. Le seguimos y, al llegar ahí, nos invita a mirar arriba.

Hay una gran pintura, en la fachada de una pared, tan grande como la altura del edificio de cuatro plantas donde está pintada. Es una representación de cómo era la torre antes de ser derrumbada. Es preciosa.

Sopla viento helado de repente y me tengo que recoger el abrigo.

—Se me está haciendo tarde —interrumpe David el momento—. Con lo de la heladería y la movida de la calle Alfonso se nos ha pasado el rato sin hacer lo que nos habíamos propuesto. Y le he dicho a mi madre que estaría dentro de media hora.

—De acuerdo —respondo—. Volvemos mañana por la tarde si os parece.

—Vale —dicen Elsa y Erik a la vez.

Samuel ha asentido con la cabeza y supongo que con eso entiende que ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

De pronto nos sorprende David hablando en voz baja:

—¿Habéis visto quién está en esa tienda de periódicos?

—¡El hombre de la heladería! —responde Erik un poco alterado.

Está mirando el escaparate con la niña pequeña al lado y el carrito con el bebé. La madre debe de estar dentro.

—¿Veis a la madre? —me sorprende David con su pregunta.

—Estará comprando en el interior —le respondo como si fuera obvio.

—No. —Se gira David, mirándome como si hubiese respondido lo que no se esperaba que hiciera—. No lo hubiese preguntado si la hubiese visto dentro.

No sé quién ha sido menos diplomático, si yo con mi respuesta de obviedad o él con su comentario en plan estúpido.

De pronto, noto que alguien me toca por detrás.

Me giro y casi me da un vuelco el corazón. Tengo delante a la mujer. La misma que durante el incidente de la heladería trató de calmar sin éxito al bebé. La misma que siguió a su marido en silencio y me miró de reojo al salir. No medirá más de un metro y medio. Pelo largo negro, ojos muy oscuros, nariz aguileña y pómulos muy marcados. Es guapa, pero se la ve muy cansada, casi agotada. La miro directamente a los ojos y, por alguna razón que no consigo entender, me siento segura a su lado.

—Apártate de ahí. —Me toma por el brazo y me separa un par de metros de donde estamos.

—¿Por qué? —le pregunto, aunque no pongo ninguna resistencia a moverme.

—Ahora no importa. —Es la única respuesta que recibo.

No entiendo nada. Solo nos hemos desplazado un poco. Miro al suelo y lo único que hemos hecho es separarnos de las líneas del octógono dibujadas en el suelo. La vuelvo a mirar a la cara, frunzo el ceño y espero que se dé cuenta que me parece una tontería lo que acaba de hacer.

—Vi cómo miraste antes el colgante de mi hija —me dice con sus ojos literalmente clavados en los míos, sin hacer caso a mi expresión de extrañeza.

No sé qué decir. Los demás se han dado cuenta y observan en silencio. No puedo dejar de mirarla.

Sopla una ráfaga de viento que hace que ella tenga que usar la mano izquierda para liberarse la cara de la parte de la melena negra que le ha tapado la vista.

—No sé lo que sabéis —continua muy seria—, pero os aconsejo que lo olvidéis y ni se os ocurra querer saber más.

—¿Por qué me dice eso? —le pregunto casi alterada y sin poder controlar mi reacción.

Se queda en silencio. Mira detrás de mí a mis amigos y, consciente de que estoy siguiendo todos sus gestos, con su mano derecha saca de debajo de la blusa algo. Con todo el descaro, bajo la mirada y veo que es el mismo colgante con el símbolo que me dio la guía del museo. Siento mis cejas elevadas, los ojos abiertos al máximo y mi boca también abierta.

—Es muy peligroso, dejadlo ahora que podéis.

Después de decir eso se va directamente a la tienda donde está su marido con los niños y señalándole nuestra posición, nos miran y se van los cuatro con mucha prisa por la calle Torre Nueva hacia el Mercado Central.

Mientras les seguimos con la mirada podemos ver dos señoras en el suelo tocándose los oídos.

 

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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