DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 16

CAPÍTULO 16
Lunes, 19 de diciembre de 2016
Hora: 17:00

David

Aunque mi familia vive lejos del centro de la ciudad, en varias ocasiones había visitado amigos de mis padres en este barrio. Casi todos los pisos eran bastante oscuros y adornados con muebles de madera antiguos. No sabía lo que me podía encontrar en esta casa que íbamos a visitar. Miro a Sofía, luego al resto y veo que estamos todos igual de expectantes.

La habitación no es muy grande, diría que es como un cuadrado de cuatro metros de lado, suficiente

para acoger el gran sofá de cuatro plazas, la mesa y las seis sillas que hay a su alrededor. Junto al salón-comedor existe una cocina office que está conectada con el mismo y se ve que alguien ha estado cocinando hace poco rato. Lo que más me sorprende mientras estoy sentado con el resto y el hombre alrededor de la mesa es que todo está decorado de blanco. No solo la pintura de las paredes, el tapizado del sofá, las mesas y las sillas, sino también el suelo.

Estamos todos sentados en torno a la mesa. El hombre parece mayor y, sobre todo, cansado. Su mirada es penetrante, genera cierto misterio. Lleva una túnica blanca que le cubre desde la cabeza a los tobillos. Calza botas negras. Aunque está un poco oculto principalmente por la túnica sobre la cabeza, veo que tiene el pelo blanco y unos penetrantes ojos azules muy claros. Calculo que tendrá unos setenta años y, aunque de piel arrugada, se nota que se conserva muy bien.

El hombre rompe el silencio mientras nos mira:

—¿Sabéis realmente por qué habéis venido?

Nos miramos unos a otros y asentimos con la cabeza. Sofía dice:

—Porque nos dieron una nota con su dirección.

El hombre vuelve a hablar, pero esta vez con una pequeña sonrisa en la boca:

—Me refiero a si sabéis la verdadera razón de por qué habéis venido.

Sofía nos mira a todos. No sé qué contestar ni cómo ayudar a resolver esta situación. Nadie contesta. Samuel está girando la cabeza inspeccionando descaradamente todos los rincones de la habitación, como si la conversación no fuera con él. Erik y Elsa no dejan de mirar al hombre a los ojos directamente. Sofía se está frotando los ojos como siempre hace cuando está nerviosa. Me pregunto cómo es posible que la superficie de la mesa esté tan blanca, que no tenga ninguna marca, raya o al menos algo que haga pensar que se ha usado alguna vez.

El hombre consigue sorprendernos porque se pone de pie rápidamente desplazando la silla hacia atrás y dice:

—En ese caso, no os puedo ayudar. Que tengáis buen día. Por favor dejad la puerta cerrada al salir. —Y se acerca a la ventana, mueve la cortina con la mano y se pone a observar a la gente que pasa por la calle.

Después de que nos ha hecho pasar, ¿nos despide ya? ¡Menuda estupidez! ¡Este tío está loco! Le miro a la cara. Veo que Sofía es la que más sorprendida se ha quedado. Está incómoda, como enfadada y parece que va a explotar. No tengo ganas de conocer a esta chica enfadada. De hecho, ella es la primera en levantarse dispuesta a salir. El resto hacemos lo mismo y la seguimos.

Cuando estamos avanzando hacia la puerta, Sofía que claramente no quiere dar por perdido el encuentro, porque en el fondo estamos aquí por ella, se vuelve, se acerca al hombre, le muestra la nota y señalando al rectángulo dibujado en la parte de abajo, dice:

—Hemos venido porque hice una pregunta y me dieron este papel con este dibujo.

Se queda callada mientras extiende la mano con el papel desplegado para que quede a la vista del hombre.

La situación es casi ridícula. Sofía de pie, el resto a punto de salir por la puerta.

No, todos no.

Ahora me doy cuenta que Samuel ni se ha movido de la silla y de hecho está escribiendo algo en su tablet apoyado en la mesa.

El hombre deja de mirar por la ventana, observa el dibujo, abre los ojos mirando a Sofía mientras con un leve giro de cabeza sube un poco las cejas.

Sofía lo mira y dice:

—Ya sé lo que es el rectángulo…

El hombre tranquilamente se gira hacia Samuel que había dejado de anotar y también clavaba sus ojos en los del viejo. El friki se encoje de hombros y suelta una de sus sonrisas raras. Digo raro porque soy incapaz de saber qué quiere decir.

Por fin, el hombre se vuelve hacia Sofía, la mira a la cara, sonríe enormemente y nos indica con la mano a todos que volvamos a sentarnos. Samuel nos sonríe a cada uno de nosotros.

Justo cuando nos estamos sentando, Sofía continúa la frase:

—… pero no sé lo que significa el resto.

El hombre, mirándonos a todos a la cara y tras sentarse de nuevo en la silla, dice:

—Buenas tardes, me llamo Nicola. Y os lo voy a explicar.

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Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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