DISEQUILIBRIUMS. Los Individuos. Capítulo 22

CAPÍTULO 22
Jueves, 22 de diciembre de 2016
Hora: 15:00

David

—Ya te dije que en quince minutos llegábamos…

Me despiertan de mis pensamientos las palabras del taxista mientras me lleva a casa.

—… Siempre es lo mismo, quince minutos. Los semáforos en esta ruta están bien sincronizados y no suele haber problemas. Si hay obras o algún atasco, enseguida habilitan ruta alternativa, y no dejan de ser quince minutos desde donde te he cogido hasta el barrio donde vives.

No le estaba escuchando al principio, pero esto último que ha dicho me ha vuelto a recordar lo que estamos hablando estos días sobre la ciudad, el famoso equilibrio. ¿Sería el emperador Augusto consciente de lo que llegó a conseguir? Una ciudad que continuamente se automodifique o vuelva a adaptarse para conseguir de nuevo el equilibrio si algo la ha alterado. «Una ciudad en búsqueda continua del equilibrio», me viene a la cabeza esa frase como eslogan promocional de la ciudad. «¿Por qué no se le ha ocurrido a nadie antes?». Lo último que me contó Elsa me dejó intrigado porque no pudo acabar la historia con la llamada de mi hermano.

—… Pero últimamente hay que reconocer que hay más atascos… — vuelve a comentar el taxista.

Cuando me despedí de Elsa, comprobé que llevaba algo de dinero y, sin pensármelo dos veces, estiré el brazo en la calle para parar un taxi. Quería llegar a casa lo antes posible. Creo que le he debido de dar tanta lástima por lo nervioso que he entrado que no para de darme conversación para que me tranquilice.

—… Algunas personas se están desmayando en el coche. Afortunadamente, hasta ahora, solo ha pasado cuando estaban paradas en algún semáforo. El problema es que se está creando bastante miedo de que pueda ocurrir mientras van conduciendo. —Concluye el taxista la conversación justo cuando para enfrente de mi casa.

Estoy asustado, no sé lo que me voy a encontrar en casa, mi madre sin conseguir equilibrarse como el resto de gente de la ciudad. Hasta ahora pensaba que le ocurría a los demás y no a mí, o a ninguno de nosotros cinco.

Salgo del taxi y voy corriendo hacia el portal de la casa. No encuentro las llaves, las puse en el bolsillo exterior de la mochila y ya no están. ¿O las puse en el interior? No lo sé, no recuerdo. Empiezo a ponerme nervioso porque tampoco están en el de dentro. Miro al interior del vestíbulo por si en ese momento algún vecino baja y me abre la puerta. Nadie aparece. Al fin, sin querer, me doy en el pantalón y siento el manojo de llaves que me había metido en el bolsillo cuando salí corriendo esta mañana. Consigo abrir la puerta y en ese momento uno de los vecinos sale del ascensor y me saluda. No me da tiempo a devolverle el saludo porque subo corriendo directamente por las escaleras. Son solo tres plantas y no sabría qué hacer solo en un ascensor durante el tiempo que tarda en llegar al piso, supongo que me volvería loco y prefiero evitar esa situación.

Marco ya ha puesto a nuestra madre encima de su cama. Está calmado. Me cuenta lo ocurrido.

Al parecer, se había desmayado cuando estaba en su despacho trabajando con el ordenador. Mi hermano estaba estudiando en su cuarto cuando oyó un golpe fuerte. La llamó, pero no le contestó, así que se levantó y fue a buscarla. La encontró con la cabeza encima del ordenador. Comprobó que se había hecho una herida en la frente y que estaba sangrando. Con cuidado, la cogió, la puso encima de su cama, se acercó al botiquín, y con una gasa estéril y algo de agua oxigenada le limpió la herida. Después me llamó.

Esta habitación siempre me genera un sentimiento de soledad. Desde que nuestro padre murió la recuerdo ordenada, la cama perfectamente hecha con esa colcha de color rosa con estampados de flores blancas, la mesilla de noche de madera blanca con una lámpara pequeña arriba para leer, el despertador y un montón de libros apiñados en el único estante que tiene debajo. El color blanco de las paredes solo se rompe con la ventana, con el espejo que tiene encima del tocador para maquillarse y el gran cuadro en la pared detrás de la cama. A ella le gusta el mar, así que, mi hermano y yo, hace un par de años le regalamos esa bonita puesta de sol en el Pacífico para que esa sensación triste que había en el cuarto desapareciera. Porque eso era lo que mi madre inspiraba dentro de la habitación: soledad, nostalgia.

Cuando murió nuestro padre, ella se cambió de cuarto a este más pequeño y nos dejó el grande a nosotros. El apartamento solo tiene dos dormitorios y, aunque a mí me gusta mi casa, no lo suelo comentar con mis amigos porque creo que todos viven en una más grande. Mi madre suele pasar mucho tiempo aquí dentro, casi no va al salón. Su recorrido en casa pasa por la cocina, nuestro cuarto, el baño y el suyo. No sé por qué no le gusta sentarse en el sillón para ver al menos una película con nosotros. Es difícil entrar en la mente de la gente y menos en la de ella.

El tocador lo tiene a los pies de la cama. Es una mesa pequeña también de color blanco llena de productos de maquillaje. Quizá sea el único rincón del cuarto donde se rompe el orden. Porque mi madre pasa mucho rato sentada ahí. Va siempre maquillada, incluso dentro de casa. A veces pienso que es obsesivo, pero hay que decir que lo hace con elegancia y clase. Nunca le he dicho nada.

Junto al tocador y a la ventana, está lo que ella llama el despacho, que no es más que una mesa y una silla con un mueble con ruedas de tres cajones debajo. Me la imagino ahí doblada con la cabeza sobre el ordenador portátil que usa y la imagen que se habrá encontrado Marco con su cuerpo iluminado con el sol brillante que entra por esa ventana sin cortinas.

Ahora su cuerpo está encima de la cama.

No sé si cualquier chico de catorce años habría reaccionado como lo hizo mi hermano. Lo que sí sé es que los dos nos hemos criado solos con mi madre y, por lo que veo en el resto de compañeros de clase, cuando de pronto falta uno de los dos padres y el otro se hace cargo de todo, la vida fluye de diferente manera para los hijos. Es difícil decir por qué. Son muchos los casos que he visto entre conocidos cuando tratas de ver cómo lo llevan otros chicos y jóvenes de tu edad. En nuestro caso, alguien podría decir que nos habíamos vuelto algo duros y fríos. Muchas veces nos costaba relacionarnos con otros en grupo y preferíamos hacer las cosas solos. No es que seamos malos chicos, simplemente estábamos acostumbrados a tomar decisiones por nosotros mismos. Eso hoy había hecho que mi hermano reaccionara rápidamente porque si mi madre se hubiera quedado en la posición que estaba durante mucho tiempo, la herida se podría haber complicado y hubiese llegado a ahogarse al quedar inconsciente con el golpe.

Desde que comenzaron a pasar los casos de gente desmayándose, el Ayuntamiento tiene organizado un servicio de apoyo a personas que les ocurre en la calle y también de consulta para todos aquellos familiares o amigos que tienen que ayudar a alguien. Nuestra madre nos lo comentó justo anoche y nos explicó los consejos que estaban dando si ocurría dentro de casa. Lo primero era comprobar si la persona desequilibrada tenía alguna herida y curársela inmediatamente. Luego retirarla, dejar la zona segura y ponerla en su cama. Desde los servicios de apoyo también pedían que luego se les llamara por teléfono para informar sobre cómo había pasado, dar nombre y apellidos para que ellos llevaran un registro. Tenían que tener muy claro cuántas personas habría que «curar» cuando se encontrara la forma y no podía quedar nadie fuera de las acciones que se llevaran a cabo.

—Y ahora, ¿qué hacemos? —me pregunta, mientras me mira.

Él ya ha llamado al servicio del Ayuntamiento para que la incluyan en el registro y en esta situación es cuando yo siento mi responsabilidad de hermano mayor. Estamos acostumbrados a tomar decisiones valorando todas las alternativas con tiempo, pero esto es diferente. Cuando teníamos dudas en algo nos solíamos apoyar en nuestra madre, y aunque ella no nos decía lo que teníamos que hacer, nos mostraba alguna otra opción que no se nos hubiera ocurrido. Luego dejaba que decidiéramos nosotros. Pero hoy ella no está consciente para ayudarnos a tomar la decisión siguiente.

—Ya nos dijo que si esto sucedía —le respondo serio y firme a la vez— teníamos que llamar al tío Daniel e irnos con él.

El tío Daniel es el único hermano de mi madre, vive también en la ciudad y la verdad es que nos llevamos muy bien con las tres primas. Sé que solo la idea de llamarlo a Marco le gusta. Es un hombre muy resuelto. Estoy seguro de que nos ayudará.

Precisamente por eso, no me sorprende cuando lo llamo para explicarle lo que ha pasado. Reacciona rápidamente, sin quejarse, y tratando de ser optimista.

—No te preocupes de nada, David —me dice por teléfono—, voy ahora mismo a buscaros a los tres y os quedáis con nosotros hasta que esto se solucione.

—Gracias, tío, te lo agradezco mucho —le contesto—, pero me basta con que te quedes con mi madre y mi hermano… yo tengo algo muy importante que hacer.

En ese momento suena la señal en mi móvil de que tengo un nuevo mensaje. Lo leo mientras todavía tengo al teléfono a mi tío: «En media hora en la iglesia de la Magdalena». Lo envía Sofía.

Autor: Glen Lapson © 2016

Editor: Fundacion ECUUP

Proyecto: Disequilibriums

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