DISEQUILIBRIIUMS Los Individuos. Capítulo 34

Viernes, 23 de diciembre de 2016

Hora: 00:05

 

David

"Pieza de sillar romano", conservado en Museo de Zaragoza Autor de la fotografia: José Garrido Lapeña

Foto proporcionada por Museo Provincial Zaragoza. Autor: José Garrido Lapeña

Pocas personas están caminando a estas horas de la noche por la calle Don Jaime. Veo un grupo de universitarios que entran en uno de los bares de las calles adyacentes. También los trabajadores de la limpieza que aprovechan esa hora de la noche para hacer la recogida con el camión.

Miro hacia los pisos y hay pocos con luz. Al ser jueves noche la gente se acuesta pronto. Los bares que están a rebosar de gente a partir del viernes, hoy solo tienen uno o dos clientes.

Cuando nos acercamos a la casa de Nicola, nos miramos los cinco y sonreímos porque vemos luz en su piso. Aunque es difícil pulsar el timbre de una casa pasada la medianoche, esta vez casi nos solapamos Sofía y yo al ir a hacerlo.

En esta ocasión, Nicola ni ha preguntado quién era, yo creo que nos esperaba. Subimos por la escalera. Al llegar a su piso vemos que la puerta está abierta. Directamente entramos. Parece claro que nos estaba esperando. Ha puesto cinco platos en la mesa, junto con una olla, y porta un cazo en la mano. Mirándonos mientras nos sentamos, pregunta:

— ¿Cuántos cazos de sopa queréis?

El grado de complicidad que existe entre nosotros es impresionante. Supongo que ninguno lo hubiéramos pensado cuando la profesora de Historia nos eligió para hacer el trabajo en equipo. Todo lo que hemos pasado en tan poco tiempo es muy intenso. Está creando unos lazos de amistad como nunca había tenido con otros. Elsa se sienta a mi lado y apoya su brazo en mi hombro. Me sonríe. Mira a los demás y los cinco sonreímos mientras ponemos cada uno los brazos en los hombros del de al lado y hacemos una especie de abrazo colectivo. Hasta Samuel parece que se emociona. Supongo que recordaré este momento durante mucho tiempo.

Nicola, sin esperar nuestra respuesta a su pregunta, comienza a llenar los platos con una sopa en la que se ven trozos de verdura y de carne. No es momento de decirle que no me gusta la sopa. Está claro que no.

—Hace frío esta noche —comienza Nicola diciendo mientras completa los platos.

Y tiene toda la razón. Con todo el lío en el que estamos metidos, me parece que ninguno nos habíamos dado cuenta de que no hemos cenado y ahora que veo la comida, me entra un hambre increíble. La pruebo con cuidado porque echa humo. El primer sorbo es como manjar de dioses. ¡Pero si odio la sopa!… Ni muy salada ni muy sosa, en su justo punto. Voy a tener que cambiar mi gusto por este plato. La carne es de pollo. Está rica. Me gusta la comida y me gusta hoy el sitio. El piso está igual que lo vimos el ultimo día, de color blanco y con los mismos adornos.

De pronto nos encontramos los cuatro observando la estatuilla de la entrada que ahora sabemos lo que es, la cabeza de Jano. Nos miramos entre todos y entre guiños de ojo, seguimos comiendo la sopa.

—Tengo que reconocer que os esperaba un poco antes —comienza Nicola hablando—. Si vais a hacer lo que tenéis que hacer —se queda parado un momento mirando el reloj que lleva Erik en la muñeca— os queda poco tiempo.

Absoluto silencio después de sus palabras. Es Sofía quien toma la palabra. Antes de hablar se recoge la melena con las manos hacia un lado y no puedo quitar la vista de su precioso cuello. No puedo dejar de pensar en el beso. No puedo distraerme. Tengo que volver al presente.

—Nos ha convencido, lo haremos.

—No —le responde Nicola—, os habéis convencido vosotros. —Y añade—: ¿no es cierto?

Como el tiempo apremia, entre todos le contamos hasta dónde hemos llegado y todo lo que tenemos. Incluido lo de los padres de Erik y el padre de Sofía. Hablaría por todos si dijera en voz alta que ya no pensamos que sea ninguna tontería toda esta historia, incluso el propio Erik es uno de los que más está metido y se le ve emocionado mirando a Nicola a los ojos. Estamos a punto de estallar de emoción, pero sabemos que nos falta algo… Y el viejo se ha dado cuenta.

Terminamos de compartir con él todo lo que sabemos y nos quedamos callados. Nos mira. Sus ojos azules transmiten serenidad y a la vez seguridad. Hoy no lleva nada que le tape la cabeza, así que se le ve su media melena totalmente blanca dándole un aspecto aún más especial al momento.

Después de recoger la mesa entre todos y limpiarla, vemos que se retira y al cabo de unos segundos viene con un papel. No es un papel normal, es viejo. Si fuera de tamaño moderno podríamos decir que es tamaño A2. Mientras lo extiende sobre la mesa, vemos que es papel de pergamino muy antiguo. Aunque está muy borroso consigo distinguir letras romanas dentro de un rectángulo. Hay dos columnas y algo que me parece reconocer, pero todavía no llego a verlo porque está muy borroso. De pronto me doy cuenta y exclamo en voz alta:

—¡Es la inscripción del sillar encontrado en la Puerta Este!

Todos nos ponemos encima del pergamino para analizarlo, mientras Nicola se retira hacia atrás en el cuarto. Sin llegar a tocarlo, lo estudiamos varias veces. Sofía y Elsa sacan unos papeles de sus mochilas y tratan de anotar lo que allí se dice.

La columna de la izquierda es la misma que vimos en el sillar que hemos revisado en los últimos días. La columna de la derecha es totalmente nueva para mí, porque esa es la parte que siempre hemos visto dañada e ilegible.

Estamos todos incorporados en la mesa mirando el pergamino. Nadie habla, incluso Samuel ha dejado la tablet y se le nota que está totalmente interesado por este nuevo elemento que se nos presenta. A diferencia de las otras veces que hemos estado en este piso, en esta ocasión no hay nada afuera que rompa el silencio de la noche. Parece que todo a nuestro alrededor nos prepara para el siguiente paso.

Consigo componer las letras y nos corregimos entre todos hasta que al final acordamos que es lo que dice:

Parvum est magno ut magnum omnibus est

Mientras lo leemos una y otra vez, Nicola se sienta alrededor de la mesa con nosotros y todos lo miramos a los ojos.

—Cuenta la leyenda que, cuando el emperador Augusto terminó la ciudad, obligó a los constructores a dejar una pista en la Puerta Este para las generaciones venideras. Y así lo hizo en un sillar del que, por lo que habéis contado, tenéis suficiente conocimiento estos días.

La sangre me hierve. Las manos me están sudando. Veo que no soy el único que está extremadamente nervioso por lo que está oyendo. Esto es absolutamente nuevo y nos está llevando a un sitio que no sé si estamos preparados para ir. Trato de buscar algo que nos distraiga desde el exterior… Nada, el silencio sigue siendo nuestro compañero esta noche.

—Se sintió muy orgulloso —continúa Nicola—, porque él mismo lo usaba para volver a Roma. Nadie sabe cómo, pero había creado, a través de su ciudad sagrada, un transporte a través del espacio… —Nos mira un momento en silencio y continúa—: Y sin saberlo en aquel momento… también a través del tiempo.

Por increíble que parezca, esta parte de la historia ya la tengo demasiado asumida. Aunque no dejo de sentirme raro cada vez que lo pienso.

—Él entendía —prosigue—, que se lo merecía por todo lo que había hecho por Roma y como tenía el secreto para hacerlo no veía ningún problema en usarlo. Era capaz de ir y de volver, siempre como punto de entrada y salida el cruce del Cardus y el Decumanus.

Se para un momento para coger aire. Hoy parece agotado.

—Pero comenzó a existir un problema, varios soldados de la Legión X Gemina descubrieron el secreto que había usado el emperador, y poco a poco se fue creando una situación muy complicada porque le comenzaron a dar un uso muy diferente al que le daba Augusto… Esta legión le había acompañado en sus campañas en el norte de Italia, en Francia y Bretaña.

Se calla un momento como tratando de recordar lo que va a decir a continuación.

—El emperador Augusto se dio cuenta y lo primero que hizo fue prohibirles el uso. Y en un momento de ira y enfado, él mismo tomó un cincel y un martillo y destrozó completamente la columna de letras de la derecha.

La mirada de Samuel es casi de locura. Tiene los ojos y la boca absolutamente abiertos. Nos tiene totalmente concentrados en la historia. Con las manos está haciendo el gesto de golpear algo con un martillo. Me sudan las manos. Mi cuerpo se mueve en la silla. Necesito que continúe, quiero saberlo todo, quiero que lo siga contando como lo está haciendo.

—Comenzó a golpear las letras de la columna izquierda, pero fue justo en ese momento cuando la ciudad sufrió un ataque del exterior y se tuvo que ir a organizar la defensa. Todo se complicó mucho. Tuvo que avanzar con la conquista romana hacia otros países, y ya nunca se acordó de terminar de destruir lo que había comenzado.

Ya no me sudan las manos. Simplemente no las siento, como tampoco siento el resto del cuerpo. La expresión de las caras de mis amigos demuestra la misma intensidad de sorpresa y temor que debe haber en la mía. Sofía rompe el silencio:

—Y entonces ¿cómo es posible que usted tenga la inscripción en este documento?

Nicola la mira y, con paciencia, responde:

—Cuando se terminó de construir la Puerta Este, y concretamente este sillar, el emperador Augusto ya había creado la figura del vigilante de este Cardus y Decumanus, el «vigilante del equilibrio» como él lo denominó. —Señala por la ventana hacia el cruce de las calles—. Él sabía que su ciudad sagrada perduraría durante muchos años si se conservaban los principios básicos sobre los que la había diseñado.

Samuel se está tocando la cabeza. Ya no queda nada del peinado que se había hecho antes de ir a casa de David. Vuelve a ser el mismo de siempre. Está observando en su tablet la foto del sillar. No dice nada.

—El primer vigilante hizo algo que el emperador Augusto no supo, y nunca le hubiese autorizado. Tras grabarse la inscripción en el sillar, el vigilante utilizó un pergamino que encontró y, usando una barra de carboncillo, apoyó el papel en la pared del sillar, y lo pasó varias veces por encima, para que quedara copiada la inscripción. Aquel vigilante escondió el pergamino en la propia ciudad y a cada vigilante que le ha precedido después en el tiempo se le ha ido comunicando dónde estaba…

No podemos estar más callados que lo que estamos. Como si mi mirada pudiera mover sus labios, le miro insistentemente para que siga hablando.

—Yo soy el primer vigilante que ha tenido que recoger el pergamino del escondite y mostrárselo a alguien.

Ni una palabra sale de nuestras bocas. El silencio de esta habitación compite con el de la calle.

Me pregunto si somos los únicos a los que se lo ha mostrado.

Compra el libro en versión papel.

 

AutorGlen Lapson © 2016

EditorFundacion ECUUP

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