DISEQUILIBRIUMS Los Individuos. Capítulo 38

Viernes, 23 de diciembre de 2016

Hora: un minuto antes del amanecer

David

Me late el corazón a una velocidad increíble, en el fondo estoy temblando con todas las sensaciones que tengo dentro de mí. Todo esto es lo más fantástico que me ha pasado en la vida. Estoy contentísimo de estar metido en esta aventura ¡Vamos a restablecer el equilibrio! Aunque debería ser más humilde y pensar que ¡vamos a tratar de restablecer el equilibrio!

Durante todo el camino hasta la iglesia he mirado a mis compañeros. Aunque sigo sintiendo lo mismo por Sofía, ahora veo a Erik de otra manera. He descubierto una gran persona. Con mucha frialdad y perseverancia ha conseguido llegar a descubrir la última pista que necesitábamos. Estoy muy orgulloso del equipo que formamos los cinco.

Es el último pensamiento que tengo cuando veo arriba, en la parte alta de la iglesia, que el sol empieza a iluminar la torre y grito a todos que miren hacia arriba. No puedo dejar de mirar allí sabiendo que detrás de la fachada, en el tejado, hay un pequeño portal construido con ladrillos. Desde que Sofía lo vio el otro día, ninguno hemos conseguido saber la razón de su existencia.

De pronto noto por detrás que Elsa me coge por el brazo y me hace señal para retirarme. No entiendo qué le pasa. Estamos en un momento supertenso y me aparta del grupo. ¿Qué le pasa? Me parece notar la mirada de Sofía al girarme hacia Elsa. Nos desplazamos cuatro pasos del resto hacia los bancos de la plaza.

—David, quiero hablar contigo.

La situación me parece un poco extraña. Deberíamos estar con los demás preparándonos para lo que tenemos que hacer. Las primeras luces del día se adivinan en el cielo y su piel oscura consigue que el blanco de sus ojos y dientes brillen como luces en la penumbra. Su mirada es insistente. Le noto un estado de tensión entre felicidad y nerviosismo. No para de frotarse las manos y, de pie junto a mí, la altura de sus ojos es la misma que la de los míos.

—Elsa —digo nervioso mientras miro de reojo a los demás—, tenemos que darnos prisa. Hay que salir ya.

—Pero… —comienza dubitativa— hay algo importante que debo decirte.

Sigue siendo un misterio para mí lo que pretende, pero ahora no podemos.

—Elsa, ahora no puede ser.

—Entonces —salta ella rápidamente— ¿cuándo? —Se mira las manos hacia abajo—. Lo que tengo que decirte es muy importante para mí.

Apoyo mis dos manos en sus brazos y con la mejor sonrisa que soy capaz le digo:

—Te prometo que justo después de dar el salto, nos apartamos de los demás y hablamos tranquilamente.

Me mira a los ojos sin expresión alguna.

—¡Te lo prometo! —insisto—. ¡Te lo juro! Pero ahora vámonos, por favor.

—¡Vale! —Se le ilumina de nuevo la cara de alegría—. Nada más dar el salto, ¿OK?

Asiento con la cabeza. Le doy la mano como muestra del acuerdo y, sin soltarla, me giro y nos acercamos a los demás. Sofía ha fruncido el ceño y está mirando nuestras manos unidas. La suelto inmediatamente. No sé qué está pensando. Ahora no nos podemos distraer con nada que sea diferente al salto.

—¡Vamos! ¡Vamos! —digo mientras aplaudo fuerte para tomar el mando de nuevo de la situación.

Como si fuéramos robots porque tenemos las instrucciones de lo que tenemos que hacer, nos acercamos hacia la pared donde está dibujada la puerta antigua de Valencia. Nos cogemos los cinco de la mano y, mirando la inscripción que está pintada, leemos con voz alta a la vez lo escrito:

 Porta Romana Qui Faciun(t) Te la(res) Recedant

Me había aprendido la frase de memoria, pero una vez allí, con todos los nervios, se me había olvidado completamente. Menos mal que estaba escrita en la pared y eso me ha permitido recitarla. «Puerta romana, los que te hacen que regresen a tu patria», no hago más que repetirme para mis adentros. Espero que todo esto funcione.

Si hubiese solo una persona en la plaza de la Magdalena en este momento vería a cinco jóvenes que gritan unas palabras y, de pronto, se echan a correr a toda velocidad hacia la calle Mayor. Pensaría que estamos locos… y no es para menos.

Notamos por detrás que el sol está saliendo. Empieza a iluminar la parte alta de los edificios. La luz sigue bajando. Vamos corriendo a toda velocidad. Elsa va la primera y está demostrando su fortaleza física. Samuel es el más retardado. A duras penas consigue llegar al ritmo del grupo.

Habíamos hablado varias veces que cuando hiciéramos eso tendríamos que tener mucho cuidado en el cruce de la calle San Vicente de Paul. Así que, al llegar al semáforo, aunque no queramos, nos paramos los cuatro en seco. No dejan de pasar coches. Casi nos chocamos unos con otros. Esperamos a Samuel. Justo se pone en rojo. Vemos que vienen varios coches y un autobús. Seguimos parados.

—¡Oh! ¡Madre mía! No vamos a llegar —dice Sofía mirando hacia atrás y señalando cómo baja la luz del sol sobre el edificio.

Cuando por fin se pone verde el semáforo, y confirmando que no viene nadie de improviso, cruzamos corriendo. Ya enfilamos la calle Mayor a toda velocidad. A Samuel, las palabras de Sofía le han debido de hacer efecto porque ahora va el segundo, detrás de Elsa.

—¡Rápido! —grito hacia atrás cuando me giro y veo que Sofía se ha quedado un poco más rezagada.

La situación empieza a ser muy tensa. El sol está bajando. Pronto iluminará el cruce y, si no llegamos a la hora, perderemos la oportunidad. De pronto se oye un grito:

—¡Aaayy!

Me giro de nuevo. Veo a Sofía en el suelo. Está un par de metros por delante de un señor que también está en el suelo. Cuando acababa de pasar por ese portal vi que había una persona limpiando. Supongo que se habrá caído desequilibrado como el resto, con tan mala suerte que Sofía se ha tropezado en él. Está en el suelo dolorida.

—¿Qué te pasa? ¿Cómo estás? —decimos Erik y yo, que nos acercamos corriendo a ella mientras la ayudamos a levantarse.

Sofía está llorando. Se ha hecho una herida en la mano que le sangra. La cara la tiene magullada. Nos mira a todos y hacia atrás, cómo las luces del sol están bajando. Nos grita entre histeria y miedo:

—¡Seguid vosotros solos! Yo no puedo.

 

AutorGlen Lapson © 2016

EditorFundacion ECUUP

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